Alfonso Ugarte no se tiró del morro

Historiador chileno Nicanor Molinare sostiene que la inmolación de Ugarte es una falsedad. Además, apunta que Justo Arias, jefe del batallón “Granaderos de Tacna”, fue un león y que Bolognesi murió como un perro.

Redacción: | Bicentenario | Publicado el: 14/07/2017 16:07
Alfonso Ugarte no se tiró del morro

Los documentos que publicamos y la sencilla y verídica declaración de los señores Aldunate Bascuñán y Silva Arriagada, dejan en claro que Bolognesi no fue un héroe, ni mucho menos los prisioneros, compañeros de don Roque Sáenz Peña.

Respecto a Alfonso Ugarte, agregaremos que alguien lanzó en el Perú la mentira de que el coronel nombrado se había arrojado al mar montado en brioso caballo; esa es una de las muchas falsedades con que los limeños adornan la historia de la toma de Arica.

Quien quiera ver la verdad y comprobar lo que hemos relatado, estudie y lea los partes oficiales de los señores Manuel de la C. La Torre, de don Roque Sáenz Peña y don Manuel J. Espinosa; los jefes nombrados hablan de Alfonso Ugarte, de su muerte; ninguno cuenta que se tiró al mar.

Espinosa, dice textualmente:

“Y como era ya inútil toda resistencia, ordenó el señor comandante general (Bolognesi) que se suspendiesen los fuegos, lo que no pudiendo conseguirse de viva voz, fue el señor coronel Ugarte personalmente a ordenarlo a los que disparaban sus armas al otro lado del cuartel, en donde dicho jefe fue muerto”.

¿Puede ser más explícito el último jefe de las baterías del morro, el que recogió la herencia del infortunado Moore, el hombre jefatura del Perú, que murió como Bolognesi, rendido?

Más adelante Espinosa agrega:

“Las tropas enemigas disparaban sus armas sobre nosotros, y encontrándonos reunidos los señores coronel Bolognesi, capitán de navío Moore, teniente coronel Sáenz Peña, usted (M. C. de La Torre), el que suscribe y algunos oficiales de esta batería, vinieron aquellas (las tropas enemigas), sobre nosotros y, a pesar de haberse suspendido los fuegos por nuestra parte, nos hicieron descargas, de las que resultaron muertos el señor comandante general coronel don Francisco Bolognesi y comandante de esta batería capitán de navío don Juan G. Moore, habiendo salvado los demás por la presencia de oficiales que nos hicieron prisioneros”.

¿Se rindió Bolognesi?

Tengan presente los que esto lean, que los héroes de verdad, es decir, Prat, Aldea, Serrano, Ramírez, Arias, Carrera Pinto, Julio Montt, Salamanca, Luis Cruz, Julio Pérez Canto y todos los heroicos chacabucos, no se rindieron.

A Cruz, ese niño sublime que fue fundador de mi regimiento, el Curicó, el cabo Tachuela, como alguien lo bautizó, le pidió se rindiera en Concepción, cuando no quedaba sino Cruz vivo, la mujer a quien adoraba; y a ella, negó tal ofrenda, porque primero estaba Chile, su patria.

¡Bolognesi se rindió y tiene estatua!

El coronel, don Justo Arias Aragüez fue un león, murió sin rendirse, “¡Viva el Perú!” fue la última expresión de su cerebro.

¡Y no tiene ni siquiera un medallón en su patria!

En Chile, en cambio, se le admira, se le hace justicia.

No nos maten

Los gritos, los vivas a Chile, atruenan el aire; los vencedores saltan por sobre las murallas del último fuerte que está en el centro mismo de la meseta del morro; se toman de los rieles, se afirman en los costrones de caliche y jadeantes, sudorosos y terribles, matan sin piedad a sus defensores.

-¡Estamos rendidos, tatitoy! ¡No nos maten, estamos rendidos, pues, tatitoy! -gritan aquellos desgraciados.

-Al infierno a pedir perdón. ¿Ahora estáis rendíos no más?

-¡No hay que dejar ni uno vivo de estos perros cholos traidores, que pelean a la mala, con dinamita y polvorazos!

-¿No les gustó buscar camorra?

-¡Aquí tienen a los niños del 4.º, de mi coronel Amunátegui y de mi comandante San Martín!

-¡Ahora no hay lianza, ni naa, fregarse no más!

-¡Viva Chile y mi general Baquedano y mi coronel Lagos!

-¡Abajo la bandera peruana, niños, pa que la vea la escuadra!

Y mil y mil exclamaciones por el estilo, se oían en aquella vasta meseta.

Los vencidos no hacían resistencia alguna, corrían locos, despavoridos, en todos sentidos y direcciones; el miedo cerval, dominó por completo a aquellos soldados, que no podían mirar de frente a la muerte.

¡La pérdida del comandante San Martín y los polvorazos los convirtieron en demonios, que ya no fueron hombres, aquellos soldados!

La sangre de Arauco pura saltó sobre el morro; la vieja simiente española, esa buena cepa venida de las montañas vascongadas, cultivada bien en las níveas sierras y en las seculares selvas de Chile, que desde antaño, desde Valdivia y Almagro, hasta 1820, recibiera menosprecios de los del Perú, tomaba ahora su revancha, y castigaba a los autores del tratado secreto, como Bulnes aplastó en Yungay a los detentadores de la independencia del Perú, a los que soñaban en monarquizar al continente.

Bolognesi, herido en un muslo, rodeado de Moore, que vestía de paisano, teniendo allí cerca a los capitanes de artillería don Cleto Martínez y don Adolfo Quint, al teniente don Tomás Otoya y al subteniente don F. Alan, que servían las baterías del morro, junto con algunos individuos de tropa más, rendidos todos; sin espadas los primeros, ni armas los segundos, eran conducidos a las barracas que hacía el lado del mar existían; cuando una luz intensa, brillante, seguida instantáneamente de una fortísima detonación, iluminó las baterías y atronó el espacio.

Restos humanos, tierra, metralla, fierro, toda una masa de humo, de algo inhumano, desconocido, pobló el cielo.

Uno de los grandes cañones de la batería del mar, un Voruz, atascado de dinamita, había hecho explosión, junto con todo su depósito de municiones y saquetes de pólvora, cuando ya Bolognesi rendido, prisionero y salvo con los suyos, se encontraba en poder de los nuestros.

Rendido y sin gloria

La traición, táctica firme, natural, hecha a conciencia por los peruanos, daba en ese momento su nota nacional. El modo de ser de los descendientes de los incas, la felonía, se revelaba tal cual es, al desnudo.

Los nuestros a su vez, al sentir la formidable detonación, que, por desgracia, mató a varios hombres del regimiento chileno, saltaron como leones enfurecidos sobre Bolognesi, Moore y cuantos enemigos ahí quedaban; y a culatazos, como quien mata perros, los ultimaron a todos.

El jefe de la plaza, Bolognesi, en ese supremo instante, se enmudece, detiene su marcha, y cae muerto a manos de un cuartino que de un feroz garrotazo, dado con la férrea culata de su Comblain, rifle que tenía una gruesa pestaña de hierro, en plena frente, le abre el cráneo sembrando de sesos el suelo que se enrojece con la sangre de todos aquellos hombres.

Así murió Bolognesi, rendido y sin gloria.

Fue necesario entonces hacer poderosos, increíbles esfuerzos, para dominar y tranquilizar a los soldados, que no querían de ninguna manera tomar prisioneros.

Poco después de lo narrado, otra pequeña pieza estalló también; y por milagro a nadie hirió, ni mató; entonces fue cuando a gritos, en la forma más inimaginable, los pocos jefes peruanos prisioneros que quedan con vida, La Torre y otros, pedían misericordia; se disculpaban y ofrecían indicar el lugar donde se encontraban las grandes minas, las baterías eléctricas, con sus guías y polvorazos.

Miserables, pedían perdón; no habían tenido el coraje, la heroicidad de volar la plaza en medio del combate y después de alardear que quemarían el último cartucho, ahora de rodillas pedían perdón.

Silva Arriagada, lo dice: no hubo sino uno de entre aquellos hombres, que se mostró digno de su desgracia, de la suerte infeliz que le deparara el destino; creo no pidió perdón; el comandante del Iquique, ¡Don Roque Sáenz Peña, hoy general peruano y presidente de la República Argentina!

Doblemos esta página de horrores, de vergüenza para aquellos jefes y oficiales que no imitaron a Arias, ni a Inclán; que no supieron morir; que sólo supieron rendirse.

Veamos alzarse despacio, solemne, majestuosamente, ondulando sus límpidos colores, a la inmaculada bandera de Chile, por el alto mástil enemigo, que asciende hasta llegar al tope, donde quedará eternamente izada.

*Fragmento de la obra “Asalto y toma de Arica” de Nicanor Molinare.

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