Es mentira la grandiosa muerte de Bolognesi, versión chilena

Asalto y toma de Arica, obra del historiador chileno Nicanor Molinare, publicada en 1924, afirma que el coronel Francisco Bolognesi, héroe del Perú, cayó rendido y sin gloria.

Redacción: | Bicentenario | Publicado el: 26/05/2017 19:05
Es mentira la grandiosa muerte de Bolognesi, versión chilena

Los bravos oficiales y tropa del 4.º como torrente que se precipita de empinada y abrupta sierra, caen sobre aquel recinto.

Algunos se dirigen al centro de la plaza; otros en dirección a los cañones de las baterías del mar; al reducto que está al centro, que es de murallas de caliche y de rieles; a las casas matas del nor-poniente; a las barracas de la tropa y casitas de oficiales; a todas partes penetran, matan, y matan sin piedad.

Hemos conversado a propósito de este último asalto, con dos sobrevivientes; tenemos, además, sobre el acto final de esta tragedia, anotaciones tomadas religiosamente en San Bernardo, en junio y julio de 1880, por nosotros mismos, escritas con sumo cuidado, y después de haber oído narrar esa acción a los prisioneros que actuaron en ella; y luego, poseemos partes oficiales y muchos documentos de capital importancia. Con todo ese material entramos a historiar el drama final de Arica, cuadro que nos falta para terminar la Toma de Arica.

El teniente Aldunate Bascuñán, sostiene que él va a la vanguardia; démosle gusto en ello y oigamos su sencilla narración:

“Pertenecía a la 1.ª del 1.º; mi capitán La Barrera era todo un valiente; Ricardo Gormaz, veterano del 4.º, ejercía de teniente; como subteniente de mi compañía, y en orden de antigüedad, servíamos el Maucho Meza, yo y Julio Paciente de La Sotta. Esa mañana teníamos 93 hombres, de capitán a tambor; la jornada había sido muy dura, muy cruda; nosotros perdimos ahí diez o doce hombres muertos, y los heridos de la 1.ª alcanzaron a 22. De la Sotta y Meza quedaron como arneros. Sólo mi capitán, Ricardo Gormaz, y yo, estábamos ilesos.

Nuestras clases habían peleado bien; el 1.º Jara y los sargentos Domingo Sepúlveda, Juan Francisco García, todos se habían conducido admirablemente.

Mi comandante San Martín cayó cerca del Morro, al salir del último bajo; la tropa lo supo, y los polvorazos, minas o la muerte de mi comandante, se decía que había perecido, enfurecieron a todo el mundo.

En estas circunstancias, después de 45 ó 50 minutos de pelea, llegamos al centro de la Plaza del Morro; me acompañaban cuatro o cinco soldados y un sargento; a mi retaguardia corría todo el regimiento.

No en el mismo centro, un poco cerca de las piezas que daban al mar estaba Bolognesi, don Juan Guillermo Moore, vestido de paisano; Espinosa, chiquito, y otros jefes peruanos más.

La tropa, obediente a mi voz, se detuvo y rodeó a los comandantes enemigos.

Bolognesi se dirigió a mí y me dijo:

-Estoy rendido; no me mate, que estoy herido; ¡soy un pobre viejo cargado de hijos!

En el acto contesté:

-Los oficiales chilenos no matan a los heridos ni a los prisioneros.

Bolognesi, en señal de rendición, gritó a los suyos:

-¡Alto el fuego! ¡Alto el fuego!

Sobre la marcha, recibí de manos del coronel don Francisco Bolognesi, su espada, y del capitán Espinosa, la suya.

Esas armas las poseen hoy, don Juan Miguel Dávila Baeza, la de Bolognesi y la familia de mi capitán don José Losedano Fuenzalida, la de Espinosa.

Don Juan Guillermo Moore, Bolognesi y Espinosa, fueron inmediatamente puestos bajo custodia, para librarlos de la furia de los soldados que no querían dar cuartel.

Yo continué mi camino, acompañado por mi sargento Briones y tropa de mi compañía, y en demanda de otra situación.

Por desgracia, habiendo cesado el fuego y dándose por todos la orden de no continuarlo, y estando rendido aquel poderoso reducto, un infeliz soldado, dicen algunos, ¡jamás se sabrá quien fue, creo yo, hizo reventar uno de los grandes cañones de la batería del mar!

Esa felonía volvió loco a todo el mundo, y a nadie se perdonó entonces la vida.

Más tarde pude ver juntos los cadáveres de Bolognesi, Moore y otros que no recuerdo. Bolognesi tenía roto, destapado el cráneo de un culatazo.

La tropa, furiosa, los mató estando rendidos”.

Decíamos que el sable que entregó Bolognesi al subteniente Aldunate Bascuñán, lo posee don Juan Miguel Dávila Baeza; esa arma es una espada común de marino, con empuñadura de marfil; la guarda es lisa, coronada por una cabeza de león, de bronce. Su vaina, de cuero con puntillos y contera de metal. En el lomo se lee la marca del fabricante: J. I. Berenguel.

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Don Miguel de La Barrera, capitán de Aldunate Bascuñán, en carta familiar, dice textualmente: “Los primeros que llegamos al Morro fuimos: el capitán Ricardo Silva Arriagada, yo, Marchant, el teniente Ibáñez y el subteniente Aldunate; que éste llegó más adelante, chiquillo muy sufrido”.

Agregaremos aquí, que todos cuantos recuerdan este emocionante y final episodio, aseveran que Bolognesi tenía el cráneo hecho trizas.

Después de la verídica relación de don Carlos Aldunate Bascuñán, ¿en qué queda el bullado heroísmo de Bolognesi?

¿Por qué no prendió fuego al hermoso y terrorífico volcán, que con tanto arte preparó Elmore?

¿En qué quedó tanto alarde de gloria y pujanza tanta?

¡Únicamente en pedir perdón a un niño, y rendir su sable al más joven y esforzado sobreviviente del 4.º!

¡Don Justo Arias Aragüez, ése sí que fue hombre! ¡Si Aldunate Bascuñán se topa con él en el Morro, otra cosa habría sido, porque sólo a sable y a balazos habría rendido la vida, que no su espada, don Justo Arias!

¡Y esto, que si jefe supremo de Arica hubiera sido don Justo, la plaza habría saltado por los aires, sin duda alguna!

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Mandaba la 4.ª del 2.º -me decía don Ricardo Silva Arriagada, no ha mucho mi compañía contaba los mejores cazadores del antiguo 4.º.

Tenía muy buenos oficiales; se me honró dándome la descubierta en el ataque. Sobre nuestra izquierda, a tomar el Este, marchó el 1.er batallón; a nosotros, los del 2.º, nos enviaron a los fuertes de la costa, a los de La Lisera; eran cuatro, con cinco trincheras, foseadas en forma de media luna.

Partimos oblicuando sobre la izquierda, con esta en cabeza, en movimiento envolvente; el ataque fue rapidísimo; no hicimos fuego sino cuando ya estábamos encima; todo el 2.º batallón, ciego y con rapidez asombrosa, tomamos todos los fuertes de la playa y llegamos al recinto mismo del Morro; sentimos el toque de “¡Alto el fuego!”.

Nos detuvimos un momento, y como hubo muchas bajas, de acuerdo todos seguimos el asalto y penetramos a la gran plazuela, y me dirigí a un fuerte cuadrado y con rieles que había en el medio.

Cuando llegué al mástil, que enarbolaba la insignia peruana con varios de sus soldados, nadie, de nuestro ejército, se había adelantado a mí.

Más tarde pude ver los cadáveres de Bolognesi, Moore y Ugarte. Todos decían que después de haberse rendido vulgarmente, la tropa los había ultimado a culatazos, porque, con felonía, estando rendida la plaza, le dieron fuego a los cañones, reventándolos.

El cadáver de Alfonso Ugarte se encontraba en una casucha ubicada cerca del mástil, al lado del mar, mirando hacia el pueblo; en ese lugar, las rabonas del Morro cocinaban el rancho; y ahí, esas pobres mujeres, tenían oculto el cadáver de Alfonso Ugarte; era un hombre chico, moreno, el rostro picado de viruelas, los dientes muy orificados, de bigote negro.

Aquellas mujeres tenían profundo cariño por Ugarte, y para guardar su cadáver, lo habían vestido con un uniforme quitado a un muerto chileno.

Pude saber que era el coronel Ugarte, porque el doctor boliviano Quint cuando lo vio, exclamó:

-¡Pobre coronel Ugarte; no hace mucho, lo he visto vivo!

Más tarde se dio la orden de arrojar al mar todos los cadáveres; sin duda que botaron también el de Alfonso Ugarte, porque no se pudo encontrar.

En ese mismo día, ofreció su familia 5,000 soles plata por los restos del coronel; se buscaron mucho; di noticias, detallé lo ocurrido, pero nada se descubrió.

Esto ocurrió largo rato después de rendida la plaza.

Iba a descender al plan por un senderito que vecino al mástil se encontraba, cuando varios jefes peruanos subían a la altura; uno de ellos me dijo:

-¡Sálvenos, señor; estamos rendidos!

Eran los señores comandantes don Manuel C. de La Torre, don Roque Sáenz Peña y el mayor don Francisco Chocano, que arrancando de la furia de los soldados chilenos, se rendían a discreción.

La Torre me entregó su revólver; don Roque Sáenz Peña estaba herido en el brazo derecho. En el acto tomé las medidas del caso para salvarlos.

La tropa que venía atacándolos, continuo disparando; mandé hacer “¡Alto el fuego!”, y sólo haciendo esfuerzos soberanos, pude mantener a nuestros hombres.

-Entréguenos los jefes cholos, para matarlos, mi capitán -gritaban y vociferaban todos a la vez.

La Torre y Chocano pedían a gritos perdón; Sáenz Peña se mostró tranquilo, sereno, imperturbable; si hubo miedo, en don Roque, no lo demostró; aquello resaltó más y se grabó mejor en mi memoria, por cuanto los dos prisioneros peruanos clamaban ridículamente por sus vidas.

Cierto que el trance fue duro, apurado, y él subió de punto cuando al pasar cerca de una de las piezas del Morro, reventó ésta, en circunstancias que, revólver y espada en mano, defendía a mis prisioneros.

La explosión fue tremenda; la muñonera del cañón, por poco no mata a uno de ellos; la tropa, ciega, se vino encima gritando:

-“Entréguenos los cholos traidores, mi capitán”.

El comandante La Torre agrega:

-Nosotros no somos culpables; esas piezas, posiblemente, tenían mechas de tiempo; no nos maten; nada sabemos; no tenemos participación.

Chocano une sus súplicas a La Torre, y al fin consigo salvarlos. Don Roque Sáenz Peña, mudo, no habla, no despliega sus labios; pálido se aguanta, ¡y se aguanta!

En esos momentos, varios soldados persiguen a tiros a unos infelices, y éstos se precipitan por una puerta que existe en el suelo, nuestros hombres llegan y hacen fuego. La Torre y Chocano, que ven aquello, gritan:

-Por Dios, no hagan fuego; ésa es la Santa Bárbara del Morro, la mina grande; hay más de 150 quintales de dinamita; está llena de pólvora y balas; ¡va a estallar!

La tropa se detiene, y ante la declaración de La Torre, que es el jefe de Estado Mayor enemigo, comprende la suprema necesidad de salvar a esos prisioneros, y se tranquiliza.

Las jeremiadas de los prisioneros peruanos continúan, y solícitos a todo, dan muestras de miedo, pero de mucho miedo.

Don Roque Sáenz Peña sigue tranquilo, impasible; alguien me dice que es argentino; me fijo entonces más en él; es alto, lleva bigote y barba puntudita; su porte no es muy marcial, porque es algo gibado; representa unos 32 años; viste levita azul negra, como de marino; el cinturón, los tiros del sable, que no tiene, encima del levita; pantalón borlón, de color un poco gris; botas granaderas y gorra, que mantiene militarmente.

A primera vista se nota al hombre culto, de mundo.

Más tarde entrego mis prisioneros a la Superioridad Militar, que los deposita, primero en la Aduana, y después los embarcan en el Itata.

-Esto es -agrega el ex-capitán del 4.º de línea, don Ricardo Silva Arriagada-, cuanto a mi actuación en Arica puedo narrarle, y me da todavía otros interesantes detalles.

-Aquí tiene usted –repite- dos cartas originales, y que prueban la verdad de mi relación.

Los originales de quien tomamos las copias que publicamos, obran en nuestro poder, y quien desee verlas puede hacerlo, que están a disposición del público, junto con otros papeles y copias autorizadas de documentos preciosos, en que basamos la presente narración:

San Bernardo, julio 22 de 1880.- Señor capitán don Ricardo Silva Arriagada.- Valparaíso.- Muy señor nuestro: Hoy ha llegado a nuestro poder su estimada de 18 del presente, que a la letra dice:

Valparaíso, julio 18 de 1880.- Señores comandantes Sáenz Peña, La Torre y Chocano.-

Muy señores míos: Con el fin de aclarar ciertos errores que aparecen en las relaciones de los corresponsales, y como muchos de ellos tendrán que figurar, quiero que sean lo más exactos. En esta virtud, espero que ustedes se sirvan contestarme al pie de la presente:

Si es efectivo que el 7 del próximo pasado, en la batalla de Arica, fui yo el primer oficial chileno que llegó a la parte norte del Morro, junto a donde estaba la bandera.

Si es efectivo que ahí me cupo el honor de salvarlos de nuestros soldados, lo que supongo ustedes no lo habrán olvidado, tanto más cuanto que así me lo prometieron ustedes.

Por mi parte, conservo con verdadera satisfacción el revólver que me entregó el señor comandante La Torre, y a más, el recuerdo de haber podido hacer algo por ustedes en esos momentos.

Mi objeto único es que aparezca la verdad; y como ustedes son testigos oculares e imparciales, me he tomado la libertad de dirigirme a ustedes.

Deseando que la presente los encuentre completamente buenos, los saluda su afectísimo y S. S.- R. Silva Arriagada.

Grato nos es dar a usted la contestación que nos pide, en homenaje a la verdad.

Es usted el primer oficial del ejército chileno que llegó a la parte norte del Morro, al pie del asta, en que estaba izada nuestra bandera, y donde nos encontrábamos los dos primeros de los suscritos; y nos complacemos en declarar que ahí y en aquel momento, fue su empeño principal, realizado con inquebrantable energía, salvar de la matanza que se hacía, a los suscritos y a los pocos oficiales que habían quedado con vida.

Esto mismo hemos dicho a los muchos señores de Santiago que han tenido la bondad de visitarnos, cuando ha habido oportunidad para hablar del asunto; y esto mismo publicará la prensa peruana a su tiempo.

Saludando a usted muy afectuosamente, nos suscribimos sus seguros servidores (Firmados).- M. C. de La Torre.- Roque Sáenz Peña.- Manuel Fco. Chocano.

Copia.- Carta de don Roque Sáenz Peña.- Roque Sáenz Peña.- Estudio: Reconquista 144.- Buenos Aires, julio 3 de 1905.- Señor R. Silva Arriagada.-

Mi estimado amigo: Me es grato corresponder a su afectuosa del 28 del pasado, como me fue muy agradable recibir el mensaje que usted se sirvió enviarme por intermedio de mi amigo el teniente general Luis María Campos, y si no correspondí a este último, fue por ignorar la dirección que debía dar a mi carta.

Yo también he recordado siempre el nombre de usted y su buena acción al proteger los heridos del Asalto de Arica y salvarles la vida a los pocos jefes sobrevivientes, en cuyo número me cuento. Esas buenas acciones deben dejar en el espíritu como un grato perfume y un honroso recuerdo para el resto de la vida, probando que aún en el ardor de la pelea, el sentimiento humano nos detiene ante el sacrificio inútil y la demasía de sangre que había corrido a raudales en aquel día.

Para los que estábamos adentro había una sentencia inapelable; la afrontamos con resolución, y no tendríamos motivo para protestar, de nuestra suerte decretada por nosotros mismos y escrita por nuestra propia mano; la vida en aquel momento era un capricho del destino; usted nos la acordó conteniendo la matanza en favor del comandante La Torre y del que firma, y puede usted tener la seguridad de que los dos recordamos su acción y su nombre.

Cuanto estuve prisionero en Chile, tuve ocasión de declarar que fue Ud. el primer oficial chileno que pisó el Morro de Arica y contuvo el exterminio de heridos y prisioneros; habían muchos oficiales que aspiraban al mismo honor, pero no los vimos sino muy tarde, cuando la tropa, lejos de la acción de usted, que le mantuvo en nuestra protección, cometía horrores con los caídos.

Tengo que agradecerle además los conceptos benevolentes con que usted me favorece, aun cuando no tenga la posición favorable que me supone en la política de mi país; no ocupo hace muchos años posición alguna oficial, y hace diez años que vivo consagrado a mi profesión de Abogado, gozando sí del buen concepto de mis conciudadanos.

La posición de usted me interesa mucho. ¿Qué cargo desempeña allí? ¿No me sería posible hacer algo en su obsequio? Sería para mí una gran satisfacción.

Tengo el gusto de estrecharle la mano y reiterarme su affmo. amigo y S.S.:

Roque Sáenz Peña.

P. S.- Le adjunto ese discurso a objeto de demostrarle que su nombre ha estado siempre en mi recuerdo.- V.

*Fragmento de la obra “Asalto y toma de Arica” de Nicanor Molinare.

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