La heroica vida de O’Higgins

El Libertador de Chile amó al Perú y luchó por su independencia. El libro del periodista Dennis Álvaro rescata detalles valiosos de la vida de este gran hombre y su paso por el tierras peruanas.

Redacción: Dennis Álvaro | Bicentenario | Publicado el: 30/07/2016 18:07
La heroica vida de O’Higgins

El periodista peruano Dennis Álvaro acaba de presentar en la Feria del Libro de Lima (FIL) su obra “O’Higgins, avatares del Libertador de Chile en el Perú” que relata con gran agilidad las vivencias de este Prócer de la Independencia. La obra fue publicada bajo el sello El Monitor Ediciones. El presente es un extracto de la obra.

El niño rubio de ojos azules bajó de su camarote, salió a cubierta y vio con asombro, a lo lejos, las macizas murallas de Lima y los campanarios de sus 26 iglesias que arañaban el cielo. A sus cortos once años, sintió alivio por ver tierra firme después de más de dos semanas entre las olas. El tronar de los cañones del Real Felipe, anunciaron el ingreso de su barco procedente de Chile. 

Bajo un intenso sol, la ciudad resplandecía entre la campiña del Rímac, cercada por cerros grises y bañada por un torrentoso río marrón. Esa era la gran capital virreinal, de la que tanto había escuchado hablar Bernardo Riquelme en los pequeños pueblos de Chillán y Talca, al sur de Santiago, donde había nacido y transcurrido su corta vida.

Acompañado del comerciante Juan Ignacio Blaque y el sacerdote Agustín Doria, avanzó por el único y antiguo camino de más de 250 años que unía al puerto del Callao con Lima. En medio de la ruta, hicieron una parada y oraron en la  iglesia de Carmen de la Legua, por el buen viaje. 

La vía  que databa de la época de los conquistadores era una trocha apenas afirmada, llena de montículos y asperezas, atravesada por unas trece acequias en diferentes tramos que, durante las crecidas del río Rímac, convertían la ruta en lodazales muy difíciles de cruzar.

Por más de tres horas, la pequeña comitiva avanzó a duras penas, entre los pantanos de barro y en medio de una polvareda persistente que los envolvía e impedía ver las murallas limeñas. El último tramo iba al lado de la ribera del río, hasta la famosa Portada del Callao, de más de seis metros de alto.

Era la puerta más grande, enorme y gruesa que habían visto sus ojos y que cruzó el niño del sur para entrar a la ciudad, su nuevo hogar en los próximos cuatro años. 

El verano de 1790 estaba en sus postrimerías y los vientos de fronda de la Revolución Francesa aún no llegaban hasta la capital del virreinato. 

Al influjo del despotismo ilustrado, alentado por la propia corona española, una brisa de desarrollo cultural y académico refrescaba a la anquilosada enseñanza virreinal en Lima. Esta apertura del conocimiento aumentaba en los criollos su sentimiento de identificación por el país.

Sin embargo, la difusión de las obras de los  pensadores europeos era siempre controlada si no reprimida por los alguaciles de la Santa Inquisición. Solo entre los círculos más avanzados y cultos se leían las obras de los enciclopedistas y pensadores de la Ilustración francesa.

Ahogada en sangre, a un costo de cien mil muertos, la revolución de Túpac Amaru, entre 1780 y 1781, profundizó las distancias y el recelo de los españoles y criollos sobre los indígenas, el 61% de la población del virreinato. En su propia tierra, los descendientes de los incas eran ajenos y expoliados.

La independencia de Estados Unidos, en 1776, era un hito distante y ni los más pesimistas veían nubarrones en el tricentenario dominio colonial de España sobre la América del Sur. 

Solo el conde de Aranda, influyente consejero del rey Carlos III, al analizar la evolución de Estados Unidos, vaticinaba las luchas de la independencia que se iniciarían en la primera década del siglo XIX: “Me he llenado la cabeza de que la América meridional se nos va de las manos, y ya que hubiera de suceder, mejor será un cambio que nada”.1 

La orgullosa Ciudad de los Reyes, por esos años, ya no era la rica capital dominante de Sudamérica. Cambios administrativos impuestos desde Madrid, le habían recortado jurisdicción sobre Quito y Guayaquil, traspasados al Virreinato de Nueva Granada en 1718. 

El “golpe más desastroso”sería la creación del Virreinato del Río de la Plata, en 1776, que asumió el control de Tucumán y del Alto Perú, cuyas riquísimas minas de plata pasaron a tributar a Buenos Aires, cortándole a Lima ingentes ingresos y empujándola desde ese año a un paulatino y seguro declive.

Al paso lento de su caballo, apenas cruzó la enorme portada, se levantó ante el pequeño visitante el telón de  una ciudad animada y colorida, de calles amplias y empedradas, con acequias que circulaban por los costados. Las grandes casonas tenían balcones que sobresalían en cada cuadra, en cuyas ventanas, entre las celosías, rostros ocultos de mujeres veían a los visitantes sin dejarse ver. 

Con 255 años de historia, Lima era la ciudad más importante de la costa del Pacífico, centro gravitatorio del virreinato del Perú. Estaba completamente recuperada y reconstruída, tras el devastador terremoto que la destruyó por completo la noche del 28 de octubre de 1746. 

“Son los limeños, en general, de buena disposición, y de buena viveza, que generalmente los distingue de los habitantes de otras partes de América. Manifiéstase esta en los movimientos de sus mirada, y aún en la pronunciación más suelta, sin aquella languidez que se advierte en Buenos Aires y Chile”.3

La gran mayoría de los habitantes eran negros y mulatos, indios y mestizos. Mayoritaria también era la población entregada a Dios y los hábitos. El pequeño Bernardo llegaba a una ciudad que tenía veintidos conventos, catorce monasterios y cuatro beaterios. Hasta los virreyes se quejaban por el elevado número de frailes y monjas. 

Sin embargo, será la visión de las  tapadas limeñas el primer gran misterio que abría ante los ojos del niño esa urbe extraña, a la que llegaba por la poderosa voluntad de su padre, un padre que nunca le dio un abrazo y menos le dirigió la palabra alguna vez.

Los historiadores chilenos no se ponen de acuerdo en precisar desde cuando Bernardo Riquelme supo que era hijo de D. Ambrosio O´Higgins, “uno de los hombres más extraordinarios que aparecieron en los últimos tiempos de la dominación española”.4 A pesar de su cuna irlandesa, llegó a ser capitán general y gobernador de Chile y luego virrey del Perú, representante del rey de España en América. 

Jaime Eyzaguirre, en su premiada biografía de 19465,relata que solo una vez el adusto D. Ambrosio vio a su hijo, en la casa de su leal amigo, el portugués Juan Albano Pereyra, a quien encargó la custodia, educación y doctrina de Bernardo desde que tenía cuatro años. Esa visita habría ocurrido a mediados de mayo de 1788, cuando don Ambrosio, entonces de 68 años, partió de Concepción a Santiago, para asumir la Capitanía General de Chile. 

En esa ruta, su calesa se detuvo en Talca y fue atendido por Albano y su esposa Bartolina de la Cruz mientras Bernardo, de nueve a diez años, jugaba en el patio con Casimiro, el hijo de la familia. 

Atraídos por el vistoso carruaje que rara vez pasaba por el pueblo, los menores se acercaron a ver al encumbrado visitante. Don Ambrosio miró distante y grave, sin una pizca de cariño, al futuro libertador de Chile.6

Orrego Vicuña va más allá y sugiere que el recién nombrado gobernador de Chile prefirió alojarse en casa de su amigo Albano, antes que recibir los homenajes de las autoridades de Talca. “Se hablaron tal vez como extraños, se clavaría con hondura en el niño la mirada del viejo, y en el rumor de las oraciones de esa tarde única… las inflexiones de una garganta juvenil se mezclaban a los rezos de una voz cansada”.7

Desde que nació el niño, el 20 de agosto de 1778, de sus amores con la criolla María Isabel Riquelme y Meza, don Ambrosio, recién ascendido a Coronel de los Dragones de la Frontera e Intendente de Concepción, tejió una impenetrable telaraña de aislamiento sobre su hijo. 

Bajo promesa de matrimonio, el veterano irlandés de 59 años disfrutó la tierna belleza de Isabel, de 19. Era pequeña de estatura, ágil y esbelta, de piel blanca y mejillas rosadas. Tenía el cabello muy negro y sus ojos eran de un azul profundo.

Fue un amor breve e intenso, en los meses finales de 1777 y la preñez de la joven debió ser un inesperado dolor de cabeza, que lo obligó a entenderse con el padre, don Simón Riquelme.

Por un acuerdo secreto de ambas partes, que fue rigurosamente cumplido, el matrimonio no se consumó. La enorme diferencia de edad entre ambos, por encima de la rígida prohibición que impedía a los funcionarios coloniales casarse con criollas, sería el gran impedimento.

Ibáñez Vergara resume este momento que marcó el destino del recién nacido: “… con el sacrificio del niño a una definitiva orfandad y bastardía, quedaban protegidos el futuro de la joven madre y el prestigio de la familia. Como contrapartida, se amparaba también la estabilidad y proyección funcionaria del nuevo coronel”.8

Don Ambrosio, antes de revalidar su título de Barón de Ballenary que le permitió anteponer la O en su apellido, firmaba como Higgins, pero el párroco escribió Higinz y, con esa identificación, fue asentada la partida de nacimiento de Bernardo en la parroquia de Talca, en 1783.  Ahí se establece que nació el 20 de agosto de 1778: “…hijo natural del maestre de campo General de este reino de Chile, y coronel de los Ejércitos reales de Su Majestad, don Ambrosio Higinz, soltero, y de una señora principal, que por su crédito no ha expresado aquí su nombre”. 

Albano Pereira y su esposa Bartolina de la Cruz fueron padrinos y apoderados del niño. Albano conocía a D. Ambrosio desde sus primeros viajes como comerciante entre Chile y Perú, de 1750 a 1755. Bartolina era hermana del rico comerciante Nicolás de la Cruz, el Conde de Maule, apoderado del joven Bernardo en Cádiz, España, en 1795, y cuando estuvo de retorno, entre 1799 y 1801.

Apenas nació, en salvaguarda del buen nombre de la madre, el niño fue puesto al cuidado de doña Josefa Olate y Zavala, que se ganaba la vida como comadre o parturienta. El hijo de la mujer, Juan Antonio Olate, sería su primer amigo de infancia. Durante los sangrientos años de la lucha por la Independencia, Olate se volvería un peligroso enemigo al servicio de la corona española.9

La llegada del hijo natural del gobernador de Chile a Lima, a fines de febrero de 1790, era un secreto que solo lo sabían los dos apoderados, el comerciante Blaque (o Blake) y el sacerdote Doria, viejos conocidos y de extrema confianza de don Ambrosio. 

El traslado del niño a Lima fue abrupto y nocturno, preparado por el gobernador irlandés con anticipación y minuciosidad desde su palacio en Santiago. No era la primera vez que tomaba una decisión así sobre el destino de su hijo bastardo o “huacho” como se dicen aún en Chile a los hijos fuera del matrimonio.

En 1788, enterado de que en Talca los chismes y comentarios lo señalaban como el padre del niño criado en casa de Albano, envió a tres hombres para que lo saquen en el mayor secreto y entreguen a los padres Fray Francisco Xavier Ramírez y Fray Blas Alonso, el primero guardián del Colegio de los Misioneros de Propaganda Fide y rector del Colegio de Naturales de Chillán; el segundo era Presidente de aquel colegio y vicerrector de los Naturales.

A este colegio asistían los hijos de los caciques pehuenches, con quienes Bernardo vio la cara del Chile ancestral y cuya lengua, el mapudungun, aprendería a hablar. En esas aulas conocería a Manuel Rodríguez Aldea, paisano chillanejo que, en el futuro, tendría polémica gestión como ministro de Hacienda durante su gobierno.

La paz de esos días de escuela se interrumpió una noche de 1790, cuando tres hombres le entregaron una carta al padre Ramírez. La misiva contenía una orden del  gobernador O´Higgins y debía ser acatada de inmediato. 

Era una medida que, adornada con el loable fin de elevar la calidad de la enseñanza del niño, tenía la marca del despecho porque alejaba al primogénito de la cercanía de la madre, vecina de Chillán, entonces embarazada por tercera vez. Al no consumarse el matrimonio con el veterano coronel irlandés, la joven Isabel cayó en las redes del viudo Félix Rodríguez y Rojas, agrimensor general del obispado de Concepción y que podría ser su padre por la edad. 

Rodríguez sí cumplió su palabra y la llevó al altar, sin embargo, la felicidad fue corta. Dos años después, el 22 de noviembre de 1782, el veterano agrimensor falleció y dejó viuda a doña Isabel. De la corta relación quedaba una hijita, Rosa, quien con el paso de los años asumiría el apellido O´Higgins.

Ocho años después, la joven viuda se volvió a enamorar y salió embarazada por tercera vez. Su estado interesante no pasó desapercibido para el poderoso primer amante, que dispuso el envío del niño Bernardo fuera del alcance de la madre. Ella alumbraría a Nieves Puga Riquelme en mayo de 1790.

La orden del gobernador de Chile fue cumplida esa misma noche por el padre Ramírez. El pequeño fue despertado y sus ropas se empacaron rápidamente. Antes de ser entregado a los tres hombres, que lo llevarían al cercano puerto de Talcahuano en el mayor secreto para que no se entere la madre, el niño Bernardo se abrazó con su profesor, el padre Gil Calvo, a quien en los tumultuosos años de la independencia acogería en el palacio presidencial.

Ese verano de 1790, mientras el bergantín a vela cruzaba los mares, Bernardo dejaba atrás la inocencia de la infancia. Viajaba solo, sin poder refugiarse en los brazos de su madre o la voz de algún ser querido.

Ya el “taitita” Ramírez le había dicho, al despedirlo del Seminario con lágrimas en los ojos, que se iba a Lima, ciudad a la que eran enviados los hijos de las familias aristocráticas de Chile, por tener entonces las casas de estudio más afamadas del virreinato.