El día en que los restos de Bolognesi fueron traídos a Lima

Fue el 7 de julio de 1880. El cuerpo del Héroe de Arica fuer trasladado al Perú a bordo del transporte Limeña, junto con los restos de otros dos caídos en Arica: Juan Guillermo More.

Redacción: Andrés Avelino Aramburu y Sarrio | Bicentenario | Publicado el: 06/07/2016 13:07
El día en que los restos de Bolognesi fueron traídos a Lima

Lima ha vestido hoy de luto para honrar las cenizas de Bolognesi, de More y de Zavala, precioso y único tesoro que nos devuelve la adversidad.

La metrópoli peruana, asociando en su duelo a todos los corazones nobles ha querido pagar su melancólico tributo de lágrimas a la memoria de esos ilustres guerreros que tan alto han colocado el nombre de su patria; y deplora que no estén todos, grandes y humildes, cuantos han regado con su ardiente sangre el campo de nuestros gloriosos desastres, al alcance de sus tiernas y dolientes bendiciones.

Pues si el pesar abruma a la capital del Perú, como abruma al Perú entero, hay una compensación consoladora: la compensación del orgullo.

Debemos sentir, sentimos todos, los estímulos de ese legítimo sentimiento porque todos leemos sobre los ataúdes que encierran tan queridos despojos una grandiosa epopeya en esta inscripción: ¨supieron morir¨.

He allí el epitafio de los héroes de Arica. Si saber vivir es un arduo problema, cuando la materia y el espíritu obedecen a leyes necesarias, saber morir interrumpiendo el curso de esas leyes en nombre de un principio, de un afecto, de una esperanza de ultratumba, es el más abnegado de los sacrificios, el más sublime de los hechos.

Por eso la humanidad separa en legión privilegiada y la historia entrega a la admiración de las generaciones a los hombres capaces de consumar o que consumaron esos sacrificios y esos hechos.

Y no hay actos que puedan compararse al que nos legan los defensores de Arica. Allí hubo la más enérgica de las revoluciones valerosas: la del heroísmo premeditado.

Y no tenían ninguna perspectiva de fortuna.

Vencido el ejército de Tacna, el último reducto donde aún flameaba el bicolor peruano no podía resistir, y hasta el honor militar le permitía no resistir.

Sin embargo, la adorada enseña no cayó sino como sudario sobre los cadáveres de sus campeones.

Esa pléyade de valientes fue la escolta de la última hora, y su despedida para la eternidad el himno de honor con que saludaron su bandera.

La victoria era para ellos imposible: no aspiraban tampoco a obtenerla.

Arica debía ser tumba de sus huestes y así lo fue.

En estos tiempos de escepticismo, de duda, de abatimiento, en que la existencia se ama tanto porque se abren ante ella inmensos horizontes que son siempre la promesa halagadora de mañana: cuando la bala de un miserable puede llegar a la más encumbrada personalidad sin la satisfacción de un duelo igual; proponerse morir y morir, sonriendo todo así se comportaron es una acción que el mundo contemplará con asombro y recogerá en sus mejores páginas para transmitirla como lección a la posteridad.

Bolognesi, el austero soldado, el infatigable obrero, el cumplido caballero, tuvo la responsabilidad de su puesto y la entereza de su responsabilidad. Le faltaba aún mucho para que lo visitara la muerte pero prefirió la abreviación de la gloria.

Quemaremos, dice en su nombre y en el de sus esforzados compañeros, quemaremos nuestro último cartucho.

Y Bolognesi quemó su último cartucho.

Cuando en el porvenir se repita esa frase y se sepa que se realizó en su más amplia significación se apoderarán de ella el poema y la leyenda sin que jamás puedan ni el uno ni la otra cantar las hazañas de Arica en toda su solemne y arrebatadora verdad.

More, el pobre More, que unió, por las simpatías de que disfrutaba, su propia desgracia a la desgracia nacional, cae también después de un año de agonías, bajo el plomo del enemigo, y paga con su vida la deuda que contrajo su ardimiento en Punta Gruesa. ¡Y qué cancelación!

Zavala, el ciudadano que olvida familia, posición, fortuna, placeres, halagos, juventud, cuanto se le ofrecía en variado y seductor panorama, y que toma un rifle en defensa de su patria, es la gran figura que empeña toda la gratitud del país porque es la gran figura del holocausto.

El militar que lucha y perece pone término digno a su carrera: es lógico.

El ciudadano que se arma, que se bate y que sucumbe, es el patriotismo en la más generosa de sus manifestaciones: es el merecimiento sin límites.

 A este número pertenece también Ugarte, cuyos restos ha confundido y destrozado la ferocidad chilena. Joven, opulento, prestigioso, la aurora de la vida era para él una invitación de goces. Pero también corre el campo de batalla y se hace matar con excepcional bravura: disputa a los enemigos hasta sus despojos y se arroja moribundo al mar para que no caigan en sus manos.

Zavala y Ugarte conocían a los chilenos: pasaron sus primeros años en los colegios de esa nación ingrata y de sus cátedras solo sacaron para ella odio y desprecio. Ah! Chilenos que no saben hacerse amar de nadie, cuando ellos al ser expulsados de nuestro suelo han llorado tanto su tierra de promisión donde tuvieron pan y donde restañaron sus heridas del azote!

La hecatombe de Arica recordará siempre cuánto hay de magnánimo en los peruanos y cuanto hay de abominable en nuestros enemigos. Al cementerio del heroísmo agregaron el cementerio del crimen. Y ambos fueron vilmente profanados. Si hoy se nos entregan los cuerpos inanimados de Bolognesi, de More y de Zavala, recordemos que ellos nos imponen una obligación sagrada: la de imitarlos y la de vengarlos.

Los héroes de Arica nos han legado su ejemplo y el mandato de la guerra sin tregua: cumplamos ambos. Y sepamos que mientras no llenemos ese doble deber, la vida es la deshonra y la vergüenza y que los pueblos que se resuelven a morir son los únicos que pueden vencer. Felices los que ya murieron para ganar la inmortalidad.

(Foto cortesía es.pinterest.com)

(*) La nota fue publicada el miércoles 7 de julio de 1880 en el diario La Opinión, cuyo director era el autor de la nota.

(**) Este texto ha sido rescatado por Luis Enrique Cam, quien se encuentra investigando la vida de Bolognesi para realizar un documental al cumplirse el Bicentenario de su nacimiento.  Cam investigó e hizo el documental del Corresponsal del Huáscar, y tiene otros documentales como "Un peruano en el Tercer Reich" que cuenta la vida de Ernesto Pinto Bazurco, quien ayudó a familias judías a escapar del régimen nazi, y "Héroe olímpico: la hazaña de Edwin Vásquez", ganador de la medalla de oro para el Perú en las Olimpíadas de Londres en 1948.

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