Entrevista con Papa Noel

Fue obra del gran periodista Alfonso Tealdo. Su fecunda imaginación hizo posible el encuentro con este personaje de fábula al que no sólo le lanzó preguntas, sino también varios reproches.

Redacción: Alfonso Tealdo | Entrevista | Publicado el: 24/06/2016 14:06
Entrevista con Papa Noel

Una entrevista con Papa Noel no es cosa fácil. Hay que esperar media vida para hacerlo. Hay que aguardar que al dolor le crezca serenamente un puño, y que a ese puño, como una esperanza, le surja una sonrisa. Hay que haberlo buscado en el panteón donde reposan los muertos y peor que eso, derrotados, todos los magos de la vida y de la historia. Hay que tener acero en la frente y tras de la frente un millón de estrellas realistas como una moneda y ofensivas como piedras puntiagudas. Yo siempre he creído en Papa Noel. Hacia Navidad se viste de rojo y reparte juguetes, pero todos los días reparte otras cosas y no a todos.

Por eso, para hablar con él, escogí esta hermosa fecha. El día en que se hace tangible, encarnado, adiposo y no puede defenderse. El instante en que se le debe preguntar por qué no se enseña a todos los niños democracia, para siempre, a la sombra de un bosque inmenso de pinos, sin luces ni guirnaldas.

Me entrevisté con Papa Noel en el desván de una juguetería. Él es la mitad de un payaso y la mitad de San Francisco de Asís. Es muy torpe Papa Noel. Al sentarse rompió en mil pedazos una linda muñeca dormilona.

  • Parece- le dije- una niña atropellada por un automóvil.

Él abrió las piernas y se puso a fumar. Papa Noel es un hombre sin entrañas. Es más burgués que la propiedad privada. Tiene dentadura postiza. Yo creo que tiene el corazón postizo, también.

Sí; la mitad de una San Francisco de Asís capitalista y bancario. Siempre está con frío. Se me ocurre que bebe cuando nadie lo ve. Bebe fuerte cognac este viejo rojo olvidadizo. Siempre tiritando. Entonces, ¿por qué no aprende del hielo que la ha enseñado socialismo al agua.

Agonizaba en el suelo la linda muñeca dormilona. Se movía como un péndulo, isócrono, su ojo de cristal. Al levantarla, se le cayó la cabeza. Papa Noel sonrió. Fue la mitad de una sonrisa. Yo le dije.

  • Una muñeca, así, tan destrozada parece la caricatura de la muerte.

La otra mitad de la sonrisa cayó sobre los dientes como un drama.

A Papa Noel no le gusta que le hable de dolor. Cuando algo se le dice de la miseria del mundo, entorna los ojos, alza los hombros y deja caer los brazos como una marioneta. Él nada puede hacer. Él es el más pintoresco esclavo de esta vida tan dura y tan injusta. Me dio pena verlo así, tan derrotado. Todo por haberle dicho al egoísmo que tuviera imaginación. La burguesía cometiendo una estafa. El dinero haciendo poesía. Eso es él.

  • Hace veintiocho años -le dije- un veinticuatro de diciembre, lo esperé, Papa Noel, hasta que se apagaron las estrellas. Usted pasó, se hizo el miope ante mi puerta y siguió muy apurado. Esa noche, mientras la luna plateaba mis zapatos viejos y pequeños, mirándolos, bellos hermosos, transformados, sus lazos movidos por el viento, aprendí poesía de heroísmo. Me olvidé de usted y de todos los juguetes de este mundo. Estaba orgulloso de tanta belleza. Un par de zapatos viejos y un poco de luna y un poco de aire tibio en la cara. Y una cosa picante en la garganta como un llanto arrepentido. Y unas ganas de cantar himnos, de burlarme de todos los juguetes, de hacer versos con panes alineados. Cuando usted, de regreso, pasó con su alforja vacía casi le grito: “¡Viejo imbécil, no te necesito!”
  • ¡No es verdad, no es verdad, yo no existo!- me respondió Papa Noel- soy una invención. Me inventó el dinero. Soy como el monstruo risueño del amor y del odio al mismo tiempo.
  • Usted existe, Papa Noel. Usted es gordo y se hace el reumático, el cansado para justificar sus omisiones. Siempre usted con ese aire de hipócrita vencido por las horas. No le alcanza el tiempo para visitar a todos los niños pobres. ¿Por qué no archiva usted la correspondencia que recibe? Todos los niños están en el abecedario y sus nombres se escriben con las mismas letras. ¿Por qué no contrata, si no, una legión de secretarios? ¿Por qué simula usted pobreza con esa pequeña alforja en la que, sin embargo, y sin magia caben todas las jugueterías del mundo? Acaparador de juguetes, propietario de todos. En el alma desengañada de los niños se está movilizando un ejército increíble de soldados de plomo. Un día le declararán la guerra. Y usted perecerá, herido por un millón de impactos diminutivos.
  • Yo no soy más que el gran juguete de la civilización burguesa. ¿Acaso un oso de felpa sabe lo que es democracia? ¡Quién le ha exigido, quién le exige a una pelota de colores que realice la justicia social en este mundo? ¿Con soldados de plomo es posible declararle la guerra al oscuro y agrio corazón del hombre? Yo no soy más que un juguete, Alfonso Tealdo. Que los niños pobres del mundo me perdonen. Yo nada puedo hacer por ellos.

Papa Noel, entonces, se puso a llorar como un niño. La clave, el gran secreto revelado. Papa Noel era eso: un niño y un juguete al par. ¿Qué hace, entonces?

  • Necesitamos -le dije, después de consolarlo- que estalle la revolución mundial de los niños. Hay que preservar como un tesoro, la ternura. Tal vez ellos salven la humanidad. Pero los niños necesitarán su ayuda. Cada Navidad lleve Ud. a los niños algo más que un juguete momentáneo. Ármese de voluntad. Dele cuerda a ese gran corazón que un día ha de crecerle en el pecho, viejo Papa Noel desmemoriado. Hágase usted revolucionario, Papa Noel. Préstele, sino, su uniforme al hombre más grande y fuerte de la tierra. Porque un hombre ha de venir. El héroe formidable que el mundo necesita. Es un niño ahora. No pase usted junto a su puerta sin decirle una palabra.
  • No puedo- me respondió Papa Noel- no puedo.

La mitad de San Francisco de Asís ha sido condenado a cadena perpetua. Es una gruesa cadena de oro. Esa cadena hay que romperla. Y hay que ponerle en la mano a Papa Noel, en lo alto de su brazo, una espada invencible.

Sobre una mesa dejé que descasara en paz la linda muñeca dormilona. Acomodé la dorada cabecita junto al cuerpo. Dobló la rodilla una sus piernas. Y en su rostro vimos, entonces, una pálida sonrisa. Y sobre sus ojos azules, cayeron las pestañas.

  • Ha muerto -dijo Papa Noel y se puso a llorar, otra vez, igual a un niño sin consuelo.

A mí no me dio pena. Esa larga sonrisa de muñeca me pareció la alianza hasta de las cosas más pueriles con el mundo alegre y digno que vendrá.

(Publicado en la revista Gala, diciembre de 1948)   

      

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