"Todas las Sangres está escrito en castellano, pero con resonancia quechua", entrevista al gran Arguedas

Era 1966 y el profesor universitario, Chester Christian, arrancó al escritor José María Arguedas confesiones muy íntimas. Más de una revelación que muestra el lado humano de un hombre que sintió y sufrió el Ande.

Redacción: Chester Christian | Bicentenario | Publicado el: 13/05/2016 18:05

Yo puedo escribir poesía en quechua y no lo puedo hacer en castellano, lo que me está demostrando que mi lengua materna es el quechua. Los primeros libros que escribí están muy cargados no solamente de términos quechuas, sino de sintaxis quechua. Y el problema más agudo que tuve fue el de cómo describir este mundo que yo había aprendido en quechua, describirlo en castellano. El castellano realmente me parecía una lengua muy extranjera. Hice unas adaptaciones del quechua al castellano, no muy ex profeso, bastante intuitivas, y los primeros libros están escritos en una especie de jerga, que para el buen lector -el lector con mucha sensibilidad- es una jerga artística. Pero para el que no la tiene, sencillamente es una cosa que no entiende bien. Mi novela Todas las sangres está escrita en un castellano bastante limpio, pero con resonancias quechuas evidentes, lo mismo que en todas mis novelas.

CC: En un trabajo que hice hace tres años para el gobierno de los Estados Unidos, de la lengua y la cultura hispánica en los Estados Unidos, sugerí que los niños que aprendían español primero, deberían seguir con el español además del inglés, porque siempre iban a poder pensar mejor en el español; así podrían usar las dos culturas y los dos idiomas complementariamente.

JMA: Yo estuve en los Estados Unidos el anteaño pasado y tuve la suerte de permanecer unos diez días en una pequeña universidad de California, viviendo con los estudiantes. Es un lindísimo lugar. Y había un club donde en una mesa se reunían los alumnos que estudiaban castellano. Me encontré con un chileno que había sido pastor, y él me puso en comunicación con una cantidad de mexicanos y encontré en ellos la misma tragedia que en la gente que viene de la sierra, que desprecian el quechua, pero no saben hablar el castellano.

Si despreciaran menos el castellano, aprenderían mejor el inglés. Por eso es que ahora nuestra tesis es que debe enseñarse a los indios a leer quechua. Porque lo que ocurría es que los indios bajaban acá, aprendían unas trescientas palabras de castellano y no querían hablar más el quechua. Entonces quedaban prácticamente sin lengua.

JMA: Lo que yo le decía; he tenido una experiencia relativamente completa del país. Porque yo aprendí a hablar en quechua. Me formé en una población muy pequeña, en donde la mayor parte de la gente sólo hablaba quechua. Luego, hasta los dieciséis años, recorrí el país -toda la parte desde el sur y del centro- con mi padre, y conocí toda esa región viviéndola. Incluso hice un viaje a caballo del Cusco en doce días y medio.

De tal manera que yo he visto los pueblos, la vida de los pueblos muy pequeños, en donde dos o tres personas tenían la mayor parte de la tierra, y tenían un poder muy grande sobre todos los demás. Generalmente, estas gentes eran las que manejaban todo lo del pueblo. Tenían todo el poder político, y toda la fuerza, que les daba no solamente la riqueza, sino el hecho de pertenecer a familias muy tradicionales.

También pude tener la oportunidad de vivir en comunidades indígenas, en donde todas las tierras son solamente de indios. Unas comunidades con pocas tierras, otras con más tierras y otras con muy pocas tierras, en las que no les permitían el título.

También tuve la suerte de vivir, durante un tiempo, en una hacienda, que todavía tenía el sistema de los siervos, y los indios pertenecían a la hacienda exactamente como los otros animales; el dueño de la hacienda podía disponer de ellos, de la vida de sus siervos.

Y pude observar mucho; más que observar, vivir con esta gente por la cual yo tenía una gran simpatía. Porque yo perdí a mi madre cuando tenía tres años de edad, y viví hasta los ocho años en la casa de una señora con quien mi padre estaba casado; era mi madrastra.

Como mi padre no vivía en este pueblo, sino en un pueblo más grande, porque era funcionario, yo pasé todo el tiempo con la servidumbre indígena; porque mi madrastra tenía hijos a los cuales prefería mucho. Y entre éstos, uno era el verdadero sub amo del pueblo. Era un típico gamonal, de los que no existen ahora sino en muy pocos lugares del país. Él no era autoridad; no era alcalde, no era gobernador; pero tenía la llave de la cárcel, y podía meter preso a quien le diera la gana, o golpear a quien le diera la gana. En fin, era un pequeño señor absoluto. Y a mí me trataba muy mal, porque por razones de carácter político a mi padre lo sacaron del puesto, y mi padre tuvo que estar en otros pueblos. Y yo me quedé enteramente sojuzgado por la familia de mi madrastra.

CC: ¿Ellos hablaban español?

JMA: No, solamente quechua. Yo empecé a aprender el español. Siempre hablé un poco de español, ¿no? Pero mi lengua predominante era el quechua. Hasta los nueve años hablaba muy poco español y dominaba el quechua.

Yo fui un verdadero protegido de los indios, como estaba tan mal tratado como ellos, a pesar de que era hijo de un señor. Además, tenía un color mucho más blanco que incluso el dueño de la casa. Me consideraban una persona que estaba haciendo una vida muy dura y muy cruel, y ellos me tomaron bajo su protección.

Entonces yo tendría entre los cinco y nueve años. Yo dormía en la cocina, sobre una batea muy grande que servía para amasar pan, sobre unos pellejos. Allí dormía, y le servía al señor, que era el hijo mayor de la casa. Le traía sus caballos del campo, luego cuidaba a los becerros, traía leña en la mañana de la montaña para la cocina. Tenía una situación muy especial porque, por mi apellido, por mi situación social, era un señor; pero por mi ocupación, por la clase de gente con la cual vivía, era indio.

Yo sentía un inmenso amor por los indios, porque ellos me dieron también toda su protección paternal, maternal; y aprendí los cantos de ellos, los juegos de ellos. Viví el mundo de ellos. Yo creía que el mundo era como ellos creían que es el mundo. Yo creí que todo era, que el río era un dios, que las montañas eran dioses. De tal manera que mi niñez hasta los diez años fue exactamente la niñez de un niño indígena.

Y esta visión indígena del mundo yo creo que ha continuado hasta hoy. Usted puede verlo en mi última novela, Todas las sangres.

De aquí, mi padre volvió. Por fin lo dejaron libre de sospechas políticas. Y como le contaron la mala vida que nos habían dado -yo tengo un hermano, mi padre se fue de este pueblo. Se separó de la señora. Era abogado él. Entonces fuimos a Abancay, que es una capital de departamento, una población más grande.

Yo estuve entonces allí, de interno en un colegio religioso. Conocí a todas las personas que dominaban un territorio mucho más grande, que era una capital de departamento. Yo había hecho la experiencia de una capital de provincia, porque mi padre era juez; pero ahora tuve la oportunidad de observar a los grandes señores que manejaban un departamento muy aislado, como es Apurímac, que es uno de los departamentos más andinos y más antiguos.

Luego mi padre no pudo continuar en Abancay. Era un hombre muy inestable. Y de aquí se fue a ejercer su profesión a un pueblo muy lejano, que estaba a siete días a caballo de Abancay. Cuando concluyeron las vacaciones no pudimos ir a donde estaba mi padre, sino que nos fuimos a las haciendas de un pariente de mi padre, un pariente por parte de su mujer.

Este señor tenía cuatro haciendas muy grandes y alrededor de unas quinientas familias de indios, que eran su propiedad. Yo perdí esta mano -la tengo malograda- en el trapiche de moler caña. Era una hacienda de caña, y la otra era una inmensa hacienda donde sembraban maíz y se criaban chanchos.

Y aquí también estuve mucho más cerca de los indios, porque nunca vi gente tan mal tratada como esta gente. Yo vi flagelar a un indio a quien le quitaron los pantalones, lo colgaron de un árbol y lo flagelaron porque había robado unos cuantos plátanos, que no valían nada. Pero el patrón no permitía que los indios comieran plátanos.

Luego, el patrón no permitía que se tocara ningún instrumento musical. Era muy católico, y consideraba la música de los indios como un acto de idolatría. Era un señor sumamente católico, pero muy avaro y muy cruel con los indios. Vi cómo en esas vacaciones hizo traer -no me acuerdo si eran franciscanos- religiosos del Cuzco a predicar en quechua. Y predicaban la humildad, el respeto al hacendado; que él, en realidad, era un representante de Dios en la tierra.

Entonces la religión era un instrumento temible. Y además, predicaban muy bellamente. Les mostraron la vida de humildad y obediencia como la forma de vida que Dios estimaba más en los hombres, y que el dolor era una característica del ser humano, que mediante el dolor se ganaba la felicidad de la otra vida.

Todo esto, y las capillas, que eran muy antiguas, llenas de altares dorados. Los indios lloraban a torrentes, y yo lloraba mucho con ellos. Entonces pude observar, vivir la suerte de los indios siervos de la hacienda y observar la vida de un gran hacendado, que, por lo demás, tenía una excelente biblioteca. Yo leía allí los grandes libros de la literatura europea.

Después, de aquí, de Abancay, vine a lca, que es una ciudad de la costa. Tuve el primer contacto con la costa. Yo fui interno a un colegio de lca. Éramos internos entonces, en 1926, solamente tres alumnos de la sierra. Y los serranos éramos considerados como gente muy inferior. Tuve mis primeros contactos con la gente de la costa, y pudimos demostrar que no éramos tan inferiores. Tuve allí la oportunidad de tratar con los hijos de los grandes hacendados de la costa.

CC: Cuando usted escribió su novela “Todas las sangres”, ¿estaba pensando en todas esas experiencias?

JMA: En todas. Yo había escrito, antes de este libro, tres novelas y varios cuentos. En una colección de cuentos, que se llama Agua -que fue el primer libro que escribí-, describí toda la vida de un pequeño pueblo andino, y no está sólo, naturalmente, la vida de los indios, sino que ahí está la vida de los indios y de toda la demás gente con la cual viven los indios: los mestizos, los señores, las autoridades. Está todo el mundo humano y el paisaje de un pequeño pueblo.

Luego escribí mi primera novela, que se llama Yawar fiesta. “Yawar” quiere decir «sangre» en quechua; quiere decir «sangrienta». El tema principal es una corrida de toros, pero a la manera indígena. En esta novela describí la vida de una capital de provincia, que es un mundo geográficamente más vasto que el que trata Agua.

En la otra novela, que se llama Los ríos profundos, describí la vida de todo un departamento, que es una zona mucho más vasta que la de la provincia; y la descripción de personajes mucho más importantes, con una estratificación social mucho más compleja, desde la vida de los hacendados muy importantes, con vinculaciones nacionales... Luego, es una zona en la cual hay muchas haciendas con siervos, y el tema principal es la relación que hay entre la vida del siervo de hacienda con todas las demás jerarquías sociales.

Ese es el tema de Los ríos profundos, que concluye con una insurrección de indios, con una especie de sublevación. Obligan a un religioso a que pronuncie una misa, porque es la única forma de que muera la madre del tifus. Porque ellos consideran que las pestes están generadas por un animal, y como el tifus estaba devastando a toda la gente, ellos consideraban que el único poder que podía matar a la madre del tifus era una misa dada por este padre, que era el más famoso predicador de toda la zona y además era un gran amigo de los más grandes hacendados.

Intentan detener el avance de los indios hacia la capital de departamento, que no vienen en plan de sublevación, sino en plan de pedir una misa, y no pueden conseguirlo porque, por mucho que los amenazan con ametralladoras, con una serie de otros métodos terribles, ellos siguen avanzando. Porque prefieren morir así que morir con el tifus; y consiguen entrar a la ciudad y prácticamente obligar al religioso a que diga la misa. Una vez que el padre ha pronunciado la misa, ellos se regresan, cantando himnos en quechua, con la evidencia de que la madre del tifus va a morir.

CC: ¿Qué opina usted de la novela como manera de aprender las posibilidades de una cultura? Es decir, que las personas, los miembros de una sociedad no saben todas las posibilidades de actuar dentro de la sociedad, pero pueden encontrarlas en las novelas.

JMA: Mire, yo decidí escribir por las grosedades que en los libros se habían escrito antes de que me decidiera o me diera cuenta de que podía escribir. La población andina estaba completamente mal interpretada. Estaba descrita, incluso la población indígena, como una población degenerada, disminuida humanamente por vicios como el alcohol, la coca. En fin, se les describía como unos tipos bárbaros, y yo sabía que eso era completamente falso, que era obra de gentes que habían mirado las cosas de lejos.

Entonces los dos primeros libros que escribí fueron con el objeto de demostrar que esta gente tenía grandes posibilidades, y en la novela que se llama Yawar Fiesta hay dos temas paralelos muy importantes. La comunidad indígena, una de las comunidades indígenas, decide capturar a un toro que está considerado como un dios, pero que es toro, para ponerlo en la plaza y lidiarlo, para demostrar a los señores que ellos son capaces incluso de capturar a un dios, aunque es dios de ellos mismos.

Por otro lado, deciden construir una carretera a la costa, no porque consideren que la carretera es importante para el desarrollo de la economía del lugar, sino porque saben que un pueblo, que es tradicionalmente rival de ellos, va a construir otra carretera a la costa. Entonces, ellos dicen: “No, nosotros primero”, y en veintiocho días construyen una carretera de ciento cincuenta kilómetros, de Puquio a Nazca, en veintiocho días. Trabajaron diez mil indios día y noche, y entonces comprendimos de qué modo se habían podido hacer las obras descomunales que hicieron en la época de los incas.

Cuando los cuatro alcaldes de las cuatro comunidades del pueblo de Puquio trajeron el camión, le dijeron en quechua al subprefecto: “Señor, aquí está el camión. Hemos hecho la carretera. Si alguna vez decidimos hacer un hueco debajo de las montañas hasta el mar, lo haremos también, no se preocupe.”

Además, otro de los ideales que se ha perseguido, en cuanto a las narraciones que he escrito, es que es bueno para la gente descubrir cómo se puede ser también feliz en una comunidad en que no se considera el poder del dinero como una meta, sino el beneficio que se alcanza por haber hecho el mayor número de servicios a la comunidad. Son las dos grandes orientaciones de la humanidad.

Entrevista con José María Arguedas, 3 de agosto de 1966, Lima, Perú, por Chester Christian Texas A & M University. Publicado con el título: Alrededor de este nudo de la vida.
Foto: ANDINA.

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