Un reportaje en Rusia (X): Moscú, en el porvenir

La entrega final de los escritos del gran César Vallejo en la revista Bolívar. Un rescate de PortalPerú que concluye con un análisis de las grandes ciudades: Moscú, Nueva York, Berlín y París. Hemos cumplido.

Redacción: César Vallejo | Bicentenario | Publicado el: 15/09/2015 20:09
Un reportaje en Rusia (X): Moscú, en el porvenir

Por lo demás, y siempre que no se trate de estudiar científicamente la realidad, sino simplemente de opinar según los gustos, intereses personales, sentimientos de clase o prejuicios afectivos, hay mil maneras de plantear un problema y otras mil de resolverlo, de deducir hipótesis o de formular profecías. No me refiero aquí a los escritores exclusivamente literarios y tragaleguas, a lo Luc Durtain y Paul Morand, ni a pensadores de suma especulación metafísica, a lo Henri Massis y Máximo Bontempelli. Ya pueden estos publicistas divagar al infinito sobre la vida con alegatos y dialécticas más o menos fascistas o socialistas por snob. El daño y deviación que ellos producen en el criterio internacional no son muy graves para detenerse a refutar seriamente sus ideas y teorías de uno de los publicistas liberales de mayor boga científica en Europa: a Lucien Romier, que pasa por ser un sociólogo de laboratorio y por plantear y tratar los fenómenos sociales con riguroso y hasta revolucionario método objetivo.

¿Cómo estudia Romier la génesis, formación y devenir de las ciudades en general, Nueva York y Moscú, inclusives? Romier aplica a esta cuestión el criterio unilateral incompleto y gastado de las aguas. Según Romier, no hay más que dos imperios: el imperio de los mares y el imperio de los grandes ríos. Cuando ambos se juntan producen el supremo poderío, como en el caso de Londres. La gran ciudad situada está sobre un río o sobre un puerto marítimo. Las ciudades de irradiación universal explotan lo más a menudo un estuario o comunican con él. Nueva York, sobre el estuario del Hudson, en el Atlántico, es otro ejemplo de gran urbe destinada a un gran porvenir.

Verdad es que Romier reconoce que, contra la grandeza creciente de Nueva York a base hidrográfica, hay ahora un arma nueva y terrible: la navegación aérea. “La circulación –dice Romier-, antes esclava de los peajes y sometida luego a los Estados, opera hoy con absoluta soberanía. Ella se ha liberado de los ríos, de los valles, de las montañas, y en consecuencia, de las fronteras, y se liberará también  del océano. Con el avión, el hombre ha abolido una distinción fundamental en la geografía de los viajes y del comercio: la distinción entre tierra y el mar. El avión triunfará de los mares, no sólo porque se escapa a la resistencia del agua y los obstáculos del suelo, y no solo porque gasta menor energía humana que el navío, sino porque su utilidad y sus posibilidades de progreso tenderán más y más a abreviar las distancias y los plazos marinos. “Sin embargo, Romier. De razonamiento en razonamiento, elude la tesis exclusivamente aérea de la cuestión, y, mediante un enorme bostezo deductivo, utiliza al servicio de su tesis hidrográfica el propio valor aviónico a que alude. Y Romier discurre en estos términos: ¿Cuáles serán en el porvenir los países de mayor litoral marítimo y fluvial. Porque, para Romier, el avión, en suma, no tendrá casi utilidad terrestre en el porvenir, pues cada país llegara a tal punto a poblarse de aldeas y ciudades que éstas estarán casi pegadas entre sí y no tendrán necesidad de una locomoción parecida. En cambio, la aviación marítima será la que decida de la suerte de los países y de las capitales. Por otro lado, psicológicamente, los pueblos de mayor vocación aérea son los pueblos marítimos. “Más pronto –dice Romier- un mal marino se hace un gran aviador, que un hombre continental un marino o aviador mediocre.”

La teoría de Romier asigna de esta manera una gran fortuna a Londres, y sobre todo a Nueva York, ya que, como él dice, esta última urbe disfruta del excepcional privilegio de hallarse situada del excepcional privilegio de hallarse situada, como ninguna otra, en la encrucijada de una gran corriente de circulación marítima y de un fuerte atracción de origen continental. ¡Qué triste suerte, por el contrario, para Berlín, París, y más aún para Moscú, situada, más que todas, lejos del océano y sin comunicación con un estuario! Si nos atenemos a las consecuencias lógicas de la tesis de Romier, Moscú no sólo no será la ciudad del porvenir por excelencia, sino que está condenada a desaparecer.

Por fortuna, la doctrina de Romier es falsa a apasionada, pese a sus apariencias científicas e imparciales. Su falsedad arranca de la ideología anticuada de Romier. Su apasionamiento reside en el espíritu clasista del autor.

Romier, en efecto, no hace sino reconsiderar la fallida teoría hidrográfica de la vieja sociología naturalista, para la cual los fenómenos sociales y econo4micas se explican únicamente por las leyes del medio natural (tierras, aguas, clima y demás elementos cósmicos). Romier hace suyo el célebre principio de  los fisiócratas: “Las leyes constitutivas de la sociedad son las leyes del orden natural”. Romier se queda aquí y rechaza a no concibe la influencia del medio social sobre la Naturaleza y sobre la propia sociedad, influencia que, según Marx, toma día  a día, un peso decisivo en los destinos y transformaciones sociales. La rezagada visión de Romier apenas le permite entrever ligeramente la posibilidad abstracta de que el avión –que es una fuerza creada por la sociedad- pueda destruir la influencia y preponderancia hidrográficas en la suerte de los pueblos. Hasta aquí, y no más allá llega la estancada mentalidad de Romier y aquí empieza su ceguera orgánica, producto genuino de sus prejuicios clasistas. Aquí empieza, para salvar su tesis en peligro, a echar mano a la sutileza, al ingenio y al sofisma, instrumentos todos éstos típicamente reaccionarios, al servicio consciente o subconsciente de la rivalidad capitalista contra Moscú y los destinos del Soviet. Es cierto que, cuando Romier estudia esta cuestión, no alude ni se propone impugnar a actual revolución social, de cuya suerte depende el futuro de urbes y naciones. Sin embargo, quien haya leído sus libros América o Europa y el hombre nuevo, reconoce fácilmente su temperamento político y su aversión tácita y acaso subconsciente por el comunismo y el método marxista. Nada tiene, pues, de extraño que ignore o no comprenda la doctrina socialista, que atribuye a la sociedad y ala Naturaleza una influencia recíproca, tendiendo la primera, constante y progresivamente, a dominar a al segunda, valiéndose de los progresos infinitos de la técnica. Romier no acepta que los progresos de la circulación decidan un día –por sobre los ríos, los estuarios y los océanos- del desarrollo de una urbe. De aceptar esta verdad, Romier se vería obligado a dejar abierta la puerta del porvenir a las ciudades que, como Moscú, no caen dentro de las conclusiones favorables de su tesis hidrográfica y en las que, en cambio, la técnica empieza a cobrar un vuelo nunca visto, mediante la socialización mas o menos evolutiva o revolucionaria de la producción. Y esto es justamente, lo que Romier no concibe ni toleraría.

París, julio de 1930.

Revista Bolívar, información quincenal de la vida hispanoamericana publicada por Pablo Abril de Vivero en Madrid entre 1930 y 1931.
Rescatada para www.portalperu.pe por la periodista Yvette Egocheaga.

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