La peruana engreída del temible Pablo Escobar

Trabajó para el cartel de Medellín. Fue cercana del Patrón Escobar. La historia de Dora Roque Vega es increíble. De la selva peruana pasó a recorrer el mundo llevando droga. Supo dejar todo a tiempo para poder contarlo.

Redacción: Johan Pérez | Hechos | Publicado el: 09/07/2015 03:07
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Era diciembre de 1976, Dora Roque Vega ingresó a una lujosa finca, en Medellín, Colombia, para celebrar la Navidad. Estaba departiendo con amigos cuando una presencia inmutó a los asistentes. Ingresó con guardaespaldas, muy vigilado. Ella entendió que estaba ante un personaje, un hombre que con los años acabó conocido como el más grande narcotraficante colombiano de su tiempo, Pablo Emilio Escobar Gaviria, el líder del Cartel de Medellín.

La historia de Dora se inicia en 1952, nace en Pucaurquillo, poblado de Loreto. A los 18 años dejó a su hijo con un familiar y llegó a Lima traída por una compañía de turismo suizo-italiana. Sus raíces étnicas resultaban atractivas para promocionar servicios turísticos hacia la Amazonía.

Un día un grupo de colombianos tomó los servicios de la empresa rumbo al Cusco. Recibió una propina de 100 dólares. Un tiempo después volvieron a contactarla. Ofrecieron contratarla como secretaria con un buen sueldo. Así empezó su relación. La llevaron por varias ciudades del Perú y la involucraron en todos sus asuntos, incluso en los aduaneros donde hizo pasar todo tipo de maletas y paquetes sin sospecha alguna.

Pasaron varios meses y decidieron llevarla al extranjero con escala en Bogotá. Alojada en uno de los mejores hoteles conoció por fin el negocio al que se dedicaban sus jefes. Dora tenía entonces 24 años. Notó que pidieron el bolso de mano y lo abrieron. Extrajeron entonces un paquete de cocaína.

 “¡La felicito! Es usted una verraca... Acaba de coronarse con cinco kilos de coca de alta pureza...”, gritó un hombre y decidió pagarle. Ella se asustó. Estuvo así temerosa unas horas.

Dora se inició en el mundo del narcotráfico, donde la bautizaron como la china peruana y donde se convirtió en una burra, sacando droga desde el Perú, para colocarlo a los pies de la mafia en Colombia. En uno de esos constantes viajes, conoció a Zaida –hermana de Pablo Escobar– con quien entablo una estrecha relación amical. “Esta es tu casa y puedes venir cuando quieras...”, le dijo mientras tomaban un vino.

Dos meses después, entrando y saliendo del Perú con la droga camuflada, Dora se convirtió en la jefa de un grupo que transportaba droga con frecuencia. Su base de operaciones era el valle del Monzón, en la ciudad de Tingo María y en los distritos selváticos de Uchiza y Tocache, en Huánuco.

 “Cada vez que cruzaba la frontera me tomaba un traguito de licor, porque me ponía tensa y temía que la policía me detuviera”, recuerda Dora, quien además temía por la seguridad de sus padres y hermanos.

Una vez que salía del país, llegaba a una finca en la ciudad de Medellín, Colombia, donde la mafia comprobaba la alta pureza de la mercadería, y distribuía por diferentes países del mundo, convirtiendo al Cartel de Medellín, en uno de los abastecedores de droga más poderoso de Latinoamérica, dirigida por el famoso capo colombiano Pablo Escobar.

La navidad del año 1976 en una reunión amical en las afueras de la ciudad colombiana de Medellín, conoció al líder de la mafia. Pablo Escobar la trató muy bien: “Dorita, verraquita mía. He escuchado mucho de ti y de tu historia…”, dijo.

A los días en la ciudad de Caicedo, Colombia, se realizó la fiesta de fin de año, donde Dora nuevamente fue el centro de atención del capo colombiano. Ella preparó un conocido platillo peruano, en honor al invitado de honor. Su platillo fue degustado junto a la cocaína servida en bandeja de plata.

Escobar la sacó a bailar un ballenato. “Cualquiera que choque contigo muere”, le dijo el mafioso, al terminar de bailar con ella. Ella empezó a ser la engreída de la mafia y también a ser atrapada por la adicción a las drogas, probar la calidad de la mercadería era parte de su obligación.

Pasaron siete meses del encuentro con Escobar. Todo seguía sin complicaciones, pero Dora dejó de sentirse conforme por el estilo de vida. En esos momentos, en Barranquilla, conoció los verdaderos nexos del capo colombiano. Desde ese entonces, la china peruana trató de desvincularse de la mafia.

Después de dos años de involucrarse con el Cartel de Medellín, Dora recibe la orden de viajar a Alemania para expandir los negocios. Aprovechó la buena relación con la hermana de Escobar, Zaida. “Quiero volver a Perú a cuidar a mi hijo, lo extraño”, pidió. “Está bien anda con tu familia”, respondió la colombiana.

Dora decidió guardar silencio. Regresó a Perú y se dedicó a cuidar a su hijo. Ingresó a trabajar en una oficina de abogados. En 1990 conoció a un hombre y decidió vivir con él. Tuvo dos hijos más. En 2006 se vinculó a una congregación religiosa y desde entonces vive predicando la palabra de Dios y testimoniando la etapa negra que vivió en el mundo de las drogas.

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