Martín Adán, el nombre que José Carlos Mariátegui creó para un joven y temeroso escritor

En 1978, el célebre poeta rompió un silencio de 20 años. Puso una serie de condiciones al periodista, pero confió pasajes reveladores, como el origen de su seudónimo.

Redacción: Oswaldo Chumbiauca | Bicentenario | Publicado el: 14/06/2015 21:06
Martín Adán, el nombre que José Carlos Mariátegui creó para un joven y temeroso escritor

La poesía peruana contemporánea y su estilo de expresión tienen en nuestro siglo dos fuentes fundamentales, dos autores cumbres que alteraron fundamentalmente la estructura del verso, trayendo al lenguaje poético nuevas técnicas de escribir: César Vallejo y Martín Adán.

Pero mientras el primero con su formidable mensaje y originalísima técnica, es fácil de leer, en cambio el segundo resulta hermético, pero no inaccesible.

¿Sería nuestro poeta tan hermético en sus declaraciones como en sus poesías? Con este interrogante fuimos al encuentro del mito Martín Adán y su víctima Rafael de la Fuente Benavides: la única leyenda viviente de nuestra literatura, cuya obra, a juicio de los críticos, es comparable a la de Vallejo, reconocimiento que se ha abierto paso a través de trabajos críticos e históricos.

¿Cómo me recibiría? ¿Cuántas preguntas respondería?, me pregunté frente a la fachada verde de la Casa de Reposo que alberga a Martín Adán. Recordé los dos minutos en que permanecí inmóvil, atónito, sin poder creer que Martín Adán había decidido recibirme luego de 5 cuestionarios y diez cartas remitidas a lo largo de 8 años.

Recordé, asimismo, las tribulaciones de los críticos, escritores y amigos del poeta quienes habían fracasado en su intento de llegar hasta Martín Adán que no concede reportajes desde hace más de 20 años de los cuales 12 ha permanecido completamente aislado de nuestro mundo en un acto voluntario de autoexilio.

También recordé esa tarde cuando llamamos a Estuardo Núñez, a Augusto Tamayo Vargas, a Washington Delgado y a Manuel Pantigoso a quienes interrogamos: ¿Cuál sería la primera pregunta que le haría Ud. a Martín Adán? Y ellos nos dieron sus planteamientos sin sospechar que íbamos a formular sus preguntas en la entrevista.

En esos pocos minutos en que tardaron en abrir la puerta de la Casa de Reposo, una cadena de preguntas se desataron nuevamente e mi mente: ¿Por qué me recibía Martín Adán? ¿Curiosidad? ¿Había en su renunciación algo más que eso? ¿No sería acaso una sensación de piedad infinita hacia mi persona?

Otro mundo

Entramos. Juan Mejía subió y me recomendó que esperara mientras él iba a prepararlo. Otro compás de espera al pie de la escalera. Con su silencio, su soledad, disciplina, quietud, era evidente que este Sanatorio es otro mundo. Qué contraste con nuestro mundo, completamente distinto. El de Martín Adán olía de otro modo, prometía y exigía otras cosas en cambio, el nuestro con sus cosas espantables, salvajes y crueles: el desempleo, la desnutrición, la mortalidad infantil, el analfabetismo, la prostitución, el alcoholismo, la sociedad de consumo...

Me apoyé sobre la pared y desvié mi atención hacia los apuntes que llevaba conmigo y que hablaban de Martín Adán. El primero que abrí estaba escrito por Sebastián Salazar Bondy en 1959 (“Mercurio Peruano”). Él decía: “... va tras el encuentro, en fin, de la belleza suma. Tal es lo que sus poemas, por más herméticos que se nos parezcan, claman angustiadamente. Porque este hombre es un poeta. Su nombre es Rafael de la Fuente Benavides, pero en la literatura se le conoce con el seudónimo de Martín Adán…”.

“Primero el Pensionat de Saint Joseph de Cluny, luego el Colegio Alemán y más tarde la Universidad de San Marcos formaron a Martín Adán en el gusto de la más refinada tradición estética de occidente”.

“Este limeño trató de rescatar infructuosamente, de las manos de ciertos usurpadores, los rotundos y macizos valores de su clase y su heredad. Entonces ante el fracaso, Martín Adán se volvió hacia sí mismo. De esa época data “Aloysius Acker” -poema destruido y dudosamente rehecho por amigos y admiradores-, desgarrada confesión de su drama íntimo, de su drama vital. “La rosa que amo -había dicho- es la del prudente”. Hubo de olvidar esa prudencia y entregarse al desenfreno, a la impiedad, al riesgo, al frenesí, a la locura.

“Ahí está, desde hace tiempo, y en ello lo hallamos cuando en un cafetín sórdido divisamos su desaprensiva figura, que exclama, entre broma y veras: Lima tiene muy hermosos crepúsculos. Yo por ejemplo. . .”.

Tres minutos. Mejía Baca no bajaba. Repasamos lo que, Luis Alberto Sánchez escribió en el Excélsior, de México: “… Una vez, discutiendo con José Santos Chocano sobre valores nuevos de las letras peruanas, quedadlos de acuerdo acerca de César Vallejo… también estuvimos de acuerdo sobre las potencialidades de Rafael de la Fuente Benavides, es decir Martín Adán”.

“Tengo ahora a la vista ‘La mano desasida’… Ahora me regodeo con este poema en verdad desconcertante… Me da por compararlo con Neruda, y salta a la vista una distancia esencial. Neruda siempre ha sido poeta anecdótico: habla de sí y de los hechos que le acontecen y Martín Adán fue y es siempre un poeta metafísico como diría Eliot, es decir, un poeta que se ocupa de la esencia humana a través de la única versión cabal que se le alcanza, la suya propia…”.

“La mano desasida” es un poema desesperado, íntimo. Martín Adán sólo habla de su esencia. Frente a Machu Picchu sería absurdo hablar de otra cosa, de otro ser...”. Habían pasado diez minutos. Empecé a inquietarme. ¿Habría decidido cancelar la entrevista Martín Adán? Me apacigüé hojeando otro apunte. Era la Separata América Latina en su literatura en la cual Antonio Cisneros lo enfocó así:

“Martín Adán nos confronta, despierta, desconcierta, como un relámpago secreto y deslumbrante desde hace más de medio siglo…”.

“Vástago de una antigua familia limeña, aristocrática de nombre y casi de fortuna, llegó muy tarde al mundo. Es decir, cuando la vieja armonía civilista cedía al caos, al estreno industrial y a los conflictos, a la muerte de una Lima parroquial de familias amables y decentes: fin del paternalismo, despertar de crisis y conciencias”.

“No estoy seguro si Martín Adán comprendía el meollo de los inquietos embriones sindicalistas, el flujo de hambreados provincianos que la risueña Ciudad de los Reyes tornaban en una extensa aldea. Pero pronto percibió la diferencia entre las apacibles maneras de los suyos y la febril incoherencia de los burgueses nuevos…”.

“Hay como el lector pareciera, un conflicto a puertas: Martín Adán no se reconoce entre los nuevos grupos de poder y a los suyos renuncia. Nombrándose como el primer hombre -Adán, el sin origen- arremete burlón contra sus memorias más cercanas, contra el nuevo poder”.

“Con Vallejo e Hidalgo es el primero en llegar a la vanguardia y el primero es Adán en descartarla… Siempre ese andar tras la certidumbre y la certidumbre de no poder hallarla: POESÍA NO DICE NADA: POESÍA SE ESTÁ CALLADA, ESCUCHANDO SU PROPIA VOZ”.

Frente al poeta

Me estremecí. Escuché una voz que me llamaba desde arriba. Era Juan Mejía Baca.

Me pidió, despacito sin impaciencia, que me apurara. Abrió la puerta e ingresamos a la alcoba de Martín Adán junto con la luz del corredor que deshizo la penumbra del aposentó de 4 metros por cuatro.

Distinguí en su lecho a Martín Adán, de pijama azul, con la cabeza blanca recostada en la almohada, la mano derecha descansando sobre un libro abierto y la izquierda sobre el vientre.

Otro mundo comenzaba, sin embargo, en medio de este cuarto. Era un segundo universo: paz, orden, reposo, deber y buena conciencia. Se sentía la presencia del poeta y del hombre, del mito Martín Adán. Fue, diría, un choque de dos mundos: el mío lleno de matices y el de él extraño e inquietante que inspiraba respeto.

“Digerí” en mi conciencia su aspecto: rostro pálido de un anciano bien afeitado, ojeras no muy bien disimuladas detrás de unos lentes; cabellos canos no muy abundantes donde el peine parecía que acababa de entrar.           

Se notaba por encima de esta descripción a un hombre de superioridad natural, de singular cultura y distinción. Me estrecho la mano con sus manos que dieron vida a “La Casa de Cartón”, “La Rosa de la Espinela”, “La mano desasida”.

Se le quebró un poco la voz cuando me dijo: “Y bien señor Chumbiauca ha conseguido Ud. lo que quería”, y añadió fríamente: “Comience Ud. por favor”.

Le agradecí por haberme concedido este privilegio, pero mi voz tembló cuando lancé la primera pregunta: “La Casa de Cartón” cumplió hace unos días 50 años. Ha sido elogiada por unanimidad por todos los críticos. Ud. Cree que se sentiría en la misma actitud de hace 50 años cuando escribió esa novela. Es decir, ¿si ahora puede Ud. ponerse en la misma actitud de enfrentamiento para la realización de una obra narrativa? (pregunta de Augusto Tamayo Vargas).

Martín Adán parpadeó. Arqueó sus espesas cejas y entrecruzando las manos dijo: “me parece que me sería imposible volverá escribir como entonces. El estilo es una de las formas de la edad. A mí me sorprende el buen éxito que constantemente ha tenido aquel libro. Lo escribí, siendo colegial, para ejercitarme en las reglas que el profesor de gramática castellana, Emilio Huidobro, nos daba. Emilio Huidobro que fue gran amigo de Eguren partió a Europa hace muchos años y no sé si vive o murió. Ojalá Estuardo Núñez, que también fue discípulo suyo, quiera ocuparse de él”. Sabía que no podía repreguntar. Así que traté de disfrazar una repregunta: Ud. dice que le sorprende el buen éxito que constantemente ha tenido “La Casa de Cartón”. ¿Ha considerado la posibilidad de continuar esa obra o de continuar algo semejante en prosa? (Pregunta de Estuardo Núñez).

Reflexionó unos instantes. Suspiró. Elevó la mirada hacia el techo para señalar: “por lo que ya dije antes, de que el estilo es una forma de la edad, no he pensado nunca dar segunda parte a “La Casa de Cartón”. He pensado, sí en prolongar “De lo barroco en el Perú”, con estudios sobre otros autores peruanos”.

¿Qué autores peruanos?, pregunté sin poder controlarme, pero él, evidentemente molesto, me recordó que estaba rompiendo mi promesa. Fueron breves segundos de incomodidad. Entonces no me quedó otro camino que desviar la atención de nuestro personaje con preguntas tradicionales: ¿A qué poetas clásicos peruanos admira Ud.?

“Miramontes, Eguren y Vallejo”, pronunció sin vacilar.

¿Y sus autores peruanos favoritos en prosa?

Mirándome fijamente: “Garcilaso de la Vega, Ricardo Palma, Ciro Alegría y Mario Vargas Llosa”. ¿Por qué Vargas Llosa? Iba a preguntar, pero no me atreví.

Ud. dijo hace unos instantes que no ha pensado nunca en dar segunda parte a “La Casa de Cartón”, ¿será porque Ud. considera que es su obra mayor?

“Repito lo que ya dije: que me sorprende el constante buen éxito de ese libro”.

No son sus poemas

Ud. ha repetido dos veces que el estilo es una de las formas de la edad. Y yo le doy la razón porque no reconozco su estilo en algunos poemas de “Aloysius Acker”, que a decir de los críticos han sido rehechos dudosamente por otras personas. De todos modos ¿Hay alguna posibilidad de reconstruir esos poemas? (pregunta de Washington Delgado).

Yo no recuerdo los textos de “Aloysius Acker”. “Me dicen que en la Biblioteca Nacional se conservan textos poéticos con ese título. Esos poemas no son míos. No sé cómo llegaron allá”.

Los textos de los poemas fueron creados por Ud. muchos después de la adopción de su seudónimo. ¿Tampoco recuerda por qué los escogió?

“La verdad es que no recuerdo por qué. Lo del seudónimo en sí, fue por el temor, muy explicable, del muchacho que publica por primera vez. Si mal no recuerdo, el seudónimo lo creamos entre José Carlos Mariátegui y yo”.

(Nota de portalperú: “Rafael de la Fuente Benavides es un nombre demasiado solemne para una obra tan heterodoxa. Necesitas un seudónimo, Rafael”, fue la propuesta de José Carlos Mariátegui al leer los originales de La Casa de Cartón del joven escritor. Y surgió Martín Adán).  

A propósito, Ud. conoció a José Carlos Mariátegui, ¿qué semblanza espiritual le haría?

Sus ojos medianos se encendieron y lleno de arrebato y emoción contó: “Mariátegui fue, sin duda, un hombre extraordinario. Lo era por su inteligencia, por su laboriosidad y, sobre todo, por su temple moral. Debo decir ahora -lo olvidé entonces- que Mariátegui es un héroe”.

También Eguren fue una de las personalidades que le rodearon. ¿Qué recuerda Ud. de él?

“Eguren fue quien me presentó a Mariátegui; y Eguren fue el gran amigo de mi adolescencia. Las tardes de los domingos las pasaba yo en su casa de Barranco, en compañía de Estuardo Núñez, a quien presenté yo a Eguren. Era Eguren un hombre excepcional. Era el poeta puro que vivía en función de poesía”.

¿Y Ud. vive en función de poesía?

Hubo un silencio dramático de dos minutos. Pero yo me adelanté para pedir disculpas y cambiar la pregunta que en el fondo era lo mismo. Y lo hice porque me acordé de la pregunta de Manuel Pantigoso: de qué manera su poesía se ha metido en su vida y se ha confundido en su propio ser. Me explico: ¿hasta qué punto el poeta y el hombre están unidos en su vida y en su obra a través de tantos años?

“Yo mismo he vivido simplemente mi vida, sin relacionarla con la poética”, subrayó tajantemente.

¿Ud. cree en la justicia? ¿Ud. cree que en alguna parte del mundo existe una sociedad justa?

‘‘Creo que no, pero sí creo en el esfuerzo por una vida más justa, esfuerzo que es universal”.

Entonces no es posible vivir un poco poéticamente en este mundo lleno de contrastes.

“Eso depende del sujeto, de su imaginación y de sus circunstancias reales”.

Ha comentado que cree en el esfuerzo por una vida más justa. Su poesía de alguna manera contribuye a ese esfuerzo. Yo le pregunto: ¿de qué lado pone su poesía: como un testimonio de defensa o como un testimonio de acusación?

‘‘Creo que mi poesía es simplemente una expresión de sentimientos dentro de formas poéticas tradicionales", comentó.

¿Cuáles son los protagonistas de novelas que prefiere?

“Los heroicos. ¿Por qué? Porque logran hacer lo que yo no hago en mi propia vida”.

¿Y qué es lo que Ud. no ha logrado hacer en su vida?

A esas alturas de la entrevista Martín Adán rompió su habitual calma para pedirme muy cortésmente que abandonara su alcoba. Consideró que mi repregunta pretendía llegar a su vida privada. Fueron 5 minutos de angustia durante los cuales se negó insistentemente a seguir respondiendo. Pero gracias a la actitud conciliadora de Juan Mejía Baca, Martín Adán resolvió seguir con la entrevista con la condición de que retirara mi pregunta anterior y respetara su vida privada.

¿De no haber sido escritor qué camino habría escogido?

“Probablemente el de abogado: concluí mis estudios de Derecho, en San Marcos pero nunca llegué a resignarme a la prosa forense, que me parece horrenda”.

Ud. dijo que admira a los personajes heroicos de las novelas porque logran hacer lo que Ud. no hizo en su vida. Yo opino que ser Presidente de la República es en cierto modo un acto heroico. ¿Si Ud. fuera elegido Presidente del Perú qué es lo primero que haría?

“Renunciar”.

A su juicio qué personajes de nuestro siglo merecen el calificativo de héroes.

“Me parece que el único héroe (junto a Mariátegui) con relieve universal, en este siglo, es el Dr. Schweitzer (teólogo protestante, filósofo de la cultura, especialista en Bach, organista y médico; combinó la crítica racionalista, pero respetuosa, de la Biblia con la imitación práctica de Jesucristo). Los demás me parecen inventores, algunos de gran mérito científico. Pero más vale no acordarse de la bomba atómica”.

Ya que menciona Ud. la bomba atómica, si lo ubicamos en el pasado cuál de las tres guerras no le hubiera gustado presenciar: ¿la Segunda Guerra Mundial, la Guerra del Vietnam o la Guerra del Medio Oriente?

Meditó breves segundos y dijo:

“Ninguna de las tres guerras. La guerra es para mí la manifestación constante de la primitividad esencial de lo humano”.

Hay democracia

¿Ud. cree en la democracia? ¿Cree que en el Perú hay democracia?

Levantando un poco la voz subrayó: “creo que sí hay actualmente democracia en el Perú”.

¿Entonces no cree Ud. que esto contradice en cierto modo su sufrimiento por el Perú? ¿Cuáles son las causas de ese tremendo sufrimiento?

“El Perú es mi patria, nada queda por agregar”.

Así es Martín Adán, profundamente sincero. Y no vaciló en confesar cuando se le preguntó: ¿para qué falta tiene Ud. la mayor indulgencia?

“Mi mayor indulgencia es para las faltas que son las mías”.

Martín Adán, que por vivir en la soledad se ha convertido en Mártir de la soledad, estaba fatigado, tenso, sentado frente a mí en esta oscura habitación como el último rayo de sol en un largo crepúsculo.

Respetamos su soledad, pero deseo saber ¿qué es para Ud. la soledad?

Me miró desconfiado, pero añadió:

“Es el estar uno consigo mismo y el disponer de tiempo no interrumpido para la meditación y el trabajo. En fin, la soledad es para mí lo que es la soledad para quien la elige libremente”.

Sabemos que ha leído “Cien años de Soledad” de García Márquez. ¿De alguna manera se identifica Ud. con alguno de sus personajes?

“No, en absoluto. Me parece que los personajes de García Márquez son personajes de poema teatral con las psicologías que sabe el autor”.

Lúcido e inquietante Martín Adán replicó que si tuviera que escoger un lema personal que lo caracterice… sería “perseverar”.

Poeta de fresca vena creadora Rafael de la Fuente Benavides es sencillo, humano, cordial, vital, irónico, generoso; pero triste en ese ambiente amargo y doloroso en donde, sin embargo, se entrega a la vida a su manera, esperando una muerte que no llega.

¿Cuál sería para Ud. la mayor desdicha?

“La de vivir eternamente”, exclamó enfáticamente.

Este hombre que hace años fue reclamado por la Academia Peruana de la Lengua en un acto de admiración y honor, ganador de tres premios nacionales de cultura, comentó que la cualidad que prefiere en la mujer y el hombre es la discreción.

¿Qué es para Ud. el colmo de la miseria?

“El concepto de la miseria es tan subjetivo… No sé de la miseria real porque no he pasado por ella, pero creo que todo es asunto de costumbre“.

Martín Adán, que se considera católico, opinó que “la poesía no mantiene relación lógica con la verdad. La sensibilidad y la imaginación son libérrimas”, dijo.           

¿A qué artista plástico nacional admira más?

“A Francisco Lazo, y en lo suyo a Amadeo de la Torre, el de los títeres. Y también, por cierto, a Málaga Grenet, aún a pesar de la cruel caricatura que me hizo”.

Muchas preguntas se nos quedaron en la carpeta porque Martín Adán decidió dar por terminada la entrevista. Y ahí en ese espacio cuadrado recorrido tan sólo por sus ejercicios visuales lo dejamos como preso en un torbellino de silencio. Cuando salimos de su alcoba me dije para mí mismo: “Martín Adán ha absorbido el color de la vida pero no quiere recordar sus detalles”.

Publicado diario La Crónica, suplemento dominical Variedades 3-12-1978.
Rescatado por Franklin Salvador Minaya Ramírez.
Foto: Letrasperuanas.

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