Chinchakquna: El libro de los Desaparecidos

Una breve reseña del libro de la periodista Paola Ugaz sobre los desaparecidos. Un nuevo aporte al conocimiento de lo sucedido en la época de la violencia.

Publicado el: 20/10/2015 14:10
Chinchakquna: El libro de los Desaparecidos

A J.A. lo persiguieron desde la plaza de Huamanga hasta Huascaura y lo alcanzaron en Qoriwilka. Entre los pinos sus propios camaradas (Sendero Luminoso) le dijeron: “tú o tu hijo”. Él escogió morir. Pero no lo mataron. Lo dejaron inconsciente en plena quebrada y despertó en la noche. Al incorporarse a la ciudad su hijo había desaparecido. Era 1986. Casi 30 años después, J.A. se niega a formalizar su búsqueda. “No CVR (Comisión de la Verdad y Reconciliación), no policía, no Cruz Roja. No Ministerio Público. Nada. Lo encontraré yo solo”, dice, pero confía en una mediación legal si un día lo logra. Su hijo tenía tres años. En ese entonces, él comentó que pensaba irse a Lima y aplazar su participación. Decir eso le costó, sin morir, la vida.  Muy bien enterado de todos los aspectos legales sobre la búsqueda de los Desaparecidos en el Perú eso sí, J. A. suma a su biblioteca el libro “Chinkaqkuna. Los que se perdieron” (2015), editado por el Colectivo Desvela y prologado por Mario Vargas Llosa. Es una perspectiva general y específica sobre los más de 15 mil cuerpos y paraderos perdidos. Aquí una breve reseña.

Chinkaqkuna dice en su introducción: “Los familiares de desaparecidos viven en un limbo emocional, porque siempre esperan que regrese el ser querido; jurídico, porque se quedan sin hacer un testamento u otros trámites legales; y social, porque muchas veces han sufrido la estigmatización de una sociedad que a menudo considera a las víctimas como terroristas”.

En el primer capítulo ´Las necesidades de los familiares de las personas desaparecidas´, de Silvana Mutti, Jefa de la Delegación Regional del Comité Internacional de la Cruz Roja para Bolivia, Ecuador y Perú, se recuerda que al menos 13 mil 271 personas desaparecieron durante las décadas de 1980 y 1990 y que en Ayacucho hay provincias en las que hay un sitio de entierro cada tres kilómetros cuadrados. Esta cifra fue elaborada en 2007 por el Equipo Peruano de Antropología Forense. Actualmente se calculan en 15 mil 731 desaparecidos. Sus nombres y apellidos estarían en la base de datos del Instituto de Medicina Legal del Ministerio Público, lo que estaría aún en estado de verificación.

Mutti escribe que la importancia del hallazgo de una persona desaparecida radica en la resolución de los problemas legales y administrativos relacionados a la viudez u orfandad, el apoyo económico, la atención psicosocial y los actos de reconocimiento y otras formas de reparación por la pérdida de oportunidades, además del acceso a la justicia.  “No existe un mecanismo destinado a atender estas necesidades”, aclara. En el Ministerio de Justicia y Derechos Humanos se trabaja en el Proyecto de Ley. Mientras tanto “la única opción para un familiar que quiere recuperar los restos de su ser querido es presentar una denuncia penal al Ministerio Público".

Seguidamente Mutti expone el caso de Adelina García, actual presidenta de ANFASEP.  El 1 de noviembre de 1983 más de veinte hombres encapuchados entraron en la casa de Adelina cuando ella tenía 20 años y se llevaron a su esposo Zósimo Tenorio Prado de 27.  Él trabajaba como cerrajero en un taller instalado en su propia casa.  “En el Perú se ha creado un consenso sobre la necesidad de crear una instancia que permita priorizar la búsqueda de las personas desaparecidas a la búsqueda de los responsables”, agrega Mutti. Más adelante se incluye un perfil de Adelina escrito por Ángel García Catalá.

“La esposa no puede ser reconocida como viuda, el hijo no puede ser reconocido como huérfano y los bienes no pueden ser heredados”, adelanta la editora de Chinkaqkuna, Paola Ugaz,  en el segundo artículo “¿Qué significa tener un familiar desaparecido?”. Ella entrevista al antropólogo José Coronel, ex jefe de la Comisión de la Verdad y Reconciliación en Ayacucho. Él dice: “la ausencia de estas investigaciones significa que no se puede demandar a los presuntos perpetradores (porque no existe la prueba), ni exigir reparaciones, además de limitar las gestiones regulares, como herencias. En el nivel moral y social significa sufrir indefinidamente los resultados de una acción impune”.

Javier Torres, director de Servicios Educativos Rurales (SER) advierte sobre una estigmatización al desaparecido: “en muchos lugares del Perú ser desaparecido todavía significa ser sospechoso de haber sido parte de Sendero Luminoso o de haber tenido algún vínculo”. El texto insiste: “no se trata sólo de investigaciones forenses y judiciales, sino de un acompañamiento emocional y apoyo material para el entierro que le den los familiares.

“El Equipo Peruano de Antropología Forense (EPAF) introduce el concepto `paraguas humanitario´ como respuesta al limbo emocional, social y jurídico de los familiares”, prosigue el artículo de Ugaz.  

José Pablo Baraybar, director del EPAF, declara: “En Perú el enfoque judicial excluye el elemento humanitario porque la justicia busca pruebas, no respuestas. Y las pruebas no necesariamente son la respuesta para las familias”. El paraguas es la restitución de los restos.

PUTIS

Entre el 30 y 31 de agosto de 2008 se realizaron exhibiciones de prendas de personas desaparecidas en Huanta. Pertenecían a pobladores asesinados de Putis. Históricamente, esta muestra de las ropas ayudó a los familiares a intentar identificar a sus familiares. Como si se tratara de interpretar un suspiro. La cantidad de víctimas en Putis fue de 92 personas. En la entrevista a José Pablo Baraybar, él manifiesta también que “los niños no son un objetivo militar bajo ningún concepto”. Ha dirigido investigaciones forenses en Argentina, Guatemala, Ruanda, Congo, Etiopía, Bosnia, Filipinas. Es alguien, que, según sus repuestas, se siente acompañado, “así sean esqueletos o cuerpos descompuestos, te sientes rodeado de gente literalmente”.

SANTUARIO DE LA MEMORIA

Otro tema de importante coyuntura es el proceso de construcción de La Hoyada como santuario histórico de la violencia. Se trata del conocido campo de entrenamiento para los militares del cuartel “Los cabitos”. Hoy hay cientos de excavaciones, “de las que se han exhumado más de cien cuerpos”, indica al respecto el artículo de Jimena Rojas Denegri. “Ninguno de los cuerpos ha podido ser identificado… de los cuales muchos fueron encontrados desnudos, decapitados o calcinados” (en 2005).  También se recuerda que ANFASEP mantiene un litigio desde 2007  por este campo. Allí se colocó una cruz en julio de 2011 para declarar la intangibilidad de la zona y una serie de hitos para la delimitación y protección contra las invasiones. El terreno pertenece al Gobierno Regional y se realizan las gestiones para la construcción del Santuario.

SORAS

La verdad letal en Soras es la matanza del 16 de julio en 1984 en la que fueron asesinadas 105 personas. Hoy hay nuevas circunstancias por analizar. “Hay una división entre quienes vivieron el período de violencia y los nuevos pobladores”, sostiene Jimena Rojas Denegri en su artículo “Soras: La reconstrucción de la historia de un pueblo”. La autora pone de manifiesto una falta de solidaridad ideológica entre los pobladores netos y migrantes. También se indica aquí que “recién en 2011 los deudos de Soras se aproximan a la posibilidad de que el caso sea judicializado”.  Los cuerpos de 17 personas (cuatro sin identificar) fueron devueltos a la comunidad el 22 de noviembre del 2012, desplazados desde el Instituto de Medicina Legal en Huamanga para ser sepultados al día siguiente.  Los trámites de judicialización abren aún más las heridas en el pueblo.

SANTO TOMAS DE PATA

El 1 de noviembre de 1991 decenas de personas fueron asesinadas por Sendero Luminoso en Santo Tomás de Pata (Huancavelica) cuando se reunían en el cementerio local para dar homenaje a sus muertos. Cuando la ceremonia acabó la vida acabó para ellos. En 2008 37 ataúdes fueron enterrados y 97 en 2009. Fueron los propios sobrevivientes quienes colocaron a los muertos en fosas, por temor, indica Paola Ugaz en su artículo sobre este suceso.

Fue la Fiscalía Supraprovincial Penal de Huancavelica que abrió la investigación 17 años después del hecho. Los restos fueron restituidos a los familiares, narra la historia. Ugaz recoge algunos testimonios del acontecimiento; como el de Elizabeth Ramos, testigo de la matanza de 39 personas. Ramos se escondió y al llegar a la plaza de su pueblo encontró aún más ancianos y mujeres embarazadas como cadáveres. En otra parte, Jesica Yaranca no pudo hablar por seis meses después de la muerte de su padre, tuvo que volver a aprender.

EL MIEDO AL DESENTIERRO

En entrevista que Paola Ugaz le hace a Clyde Snow, reconocido como el fundador de la antropología forense a nivel mundial, el experto, quien dirigió los equipos de investigación de la muerte de John F. Kennedy, la búsqueda del criminal de guerra nazi Joseph Mengele, la certificación del cuerpo de Tutankhamón y de las víctimas del asesino John Wayne; declara: “en el día haz el trabajo y en la noche llora lo que quieras”, a la pregunta sobre la dificultad de lidiar con el descubrimiento de la maldad en el ser humano.

Melissa Lund, integrante de EPAF, encontró en una fosa un gorro blanco de “hermosos bordados” de una de las víctimas de Putis que pertenecía a una menor de tres años.  Ella dice que alzó la vista y vio a una niña corriendo con un gorro blanco. EPAF se instalaba en el pueblo. Lund recuerda que se escuchaban balazos en la madrugada. El equipo durmió en una habitación contigua a la de los ataúdes. Ella no sintió miedo cuando una mañana se levantó y vio a otra niña de vestido amarillo que daba una vuelta y corría de pronto.

Clyde Snow terminó estudios de Medicina y Zoología y se doctoró en Antropología física, ciencia que estudia los restos de esqueletos y fósiles de nuestros ancestros prehistóricos. Se involucró en Osteobiografía, el estudio de la muerte de personas en situaciones violentas. En Argentina su equipo descubrió a muchas mujeres asesinadas estando embarazadas sin indicios de sus bebés fallecidos que fueron negociados en el mercado negro por militares, devueltos años después a sus familias. Su equipo también encontró en fosas comunas evidencias de utilización de bombas químicas contra comunidades en Irak, donde 200 mil personas quedaron infectadas. Snow insiste en “trabajar con frialdad durante el día, aunque sea harto difícil”.

LAS CHALINAS

En julio 2008 presencié la exposición de prendas de desaparecidos de Putis. En 1984, año en que nací, les mataron a 192 personas. Veinticuatro años después los familiares debían intentar reconocer la ropa de sus familiares perdidos. Allí estaba también Paola Ugaz. Ella escribe también su memoria. De Marina García Burgos sobre el retorno de Ulises y el mito de Penélope y su idea original: tejer para invocar (chalinas) y sus fotografías en Chinkaqkuna. 

La Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo (AECID) apoyó con la compra de las primeras lanas y palitos de tejer. Tanya Molina sugirió llamarles “pastillas” a las chalinas que se les proponía tejer a los familiares de los desaparecidos para hacer escuchar sus gritos en colores, puntos y diseños distintos. También crearon la Chalina de la Solidaridad, tejida por quienes no han perdido a nadie en el conflicto. Esta chalina es menos conocida. Luego se organizaron “tejidotones” (maratones de tejido) en Lima, Huamanga, Huanta, Cayara.

El 16 de julio de 2010 el equipo de Ugaz organizó una tejida frente al Palacio de Justicia en Lima con mujeres de Ayacucho, Puno y La Libertad. Ugaz cita a Lourdes Hurtado, investigadora de la Universidad Notre Dame (EEUU): “una intervención urbana pacífica y con mensaje poderoso”, y al periodista José Vales del diario mexicano “El Universal”: “… fue un momento único e inédito”. La Chalina de la Esperanza se ha tejido también en Canadá, Colombia, Argentina, Inglaterra, Holanda, Japón, Suiza y Turquía. Su primera exposición se realizó el 25 de noviembre de 2010. Cuando asistí a la segunda muestra el 18 de enero de 2011 en la Galería Pancho Fierro en Lima mi impresión fue la de estar debajo de ondulaciones de colores que espacialmente estarían tratando de conectarse con quienes todavía están atrapados bajo las piedras.

La Cruz Roja Internacional, auspiciador de Chinkakquna, realizó un reportaje sobre la Chalina de la Esperanza que se difundió en varios países durante el Día Mundial de los Desaparecidos el 30 de agosto de 2010.

La labor del equipo de Ugaz, Colectivo Desvela, “...honra el nombre que lleva, en griego es Aletheia y se traduce como verdad, es mostrar la verdad, la realidad de los hechos para hacernos un poco más sensibles sobre lo que sucedió. (…) De un modo pacífico y poderoso se puede evocar a los ausentes, es un modo de expresar esperanza”, manifiesta Salomón Lerner,  director de la CVR.

La antropóloga Olga Gonzáles Castañeda saluda también el proyecto de Desvela e indica: “hasta el momento han sido exhumados menos del 2% de los 4 mil 644 sitios de entierro registrados por la CVR”. Una cultura de silencio, muy bien calificada. La etnografía de Gonzáles  indica (según Valencia 1997) que las chalinas fueron introducidas desde España en América del Sur en el siglo XVI y adoptadas en la sierra con ciertas particularidades regionales. En la sierra, en Ayacucho por ejemplo, es la conexión de dos personas, sin duda. 

DESAPARICIONES FORZADAS

María Eugenia Ulfe (PUCP) señala que el cuerpo del desaparecido “es político (…) y del que sale a la luz nos habla de un proceso inacabado”.  

La ciudadana Gisela Ortiz perdió a su hermano, una de las diez personas que desaparecieron el 18 de julio de 1992 en La Cantuta. El padre de ambos esperaba que su hijo estuviera muerto a que esté detenido y expuesto a torturas. En 2007 la Corte Interamericana de Derechos Humanos ordenó la exhumación de cinco cuerpos, uno de ellos del hermano de Ortiz. Los volvieron a enterrar en 2008. La búsqueda de su hermano le cambió la vida a Gisela.

Contrariamente al testimonio de Gisela, a Raida Cóndor, madre de otra víctima de La Cantuta, le entregaron las llaves que se encontraron junto a los cinco cuerpos, ninguno de su hijo. Las llaves lograron abrir el antiguo casillero de la universidad. “Las llaves cerraron la incertidumbre”, escribe Esteban Valle Riestra en su entrevista a Cóndor. Ella no ha encontrado el cuerpo.

Sobre las desapariciones forzadas, la experta en Derechos Humanos, Gisela Vignolo, indica: “los procesos judiciales no logran resultados positivos y existe la necesidad de contar con un plan de Exhumaciones Antropológico Forense, que considere exhumaciones humanitarias, sin desconocer aquellas que se derivan de un proceso penal”.

En el artículo de Vignolo, ella explica que en 2004 el Congreso de la República emitió la Ley Nº 28413 para contribuir a la regularidad de las personas ausentes por desaparición forzada. Se encargó a la Defensoría del Pueblo la entrega de constancia de esta situación, requisito indispensable para iniciar un proceso judicial que permita la inscripción de una persona desaparecida en el Registro Nacional de Identidad (RENIEC).  Se recibieron más de 2 mil 500 solicitudes. De éstas se otorgaron 1 mil 907 constancias de ausencia por desaparición forzada.

 

“Si al tercer día no aparecía la persona, (en Huanta) era señal de que había sido ejecutada”, según Sharmely Bustíos, hija de Hugo Bustíos, el periodista huantino, corresponsal de la revista Caretas que fue asesinado el 24 de noviembre de 1988. Chinkaqkuna ofrece un pefil de H. Bustíos y del veterano periodista gráfico Oscar Medrano.

SOLUCIONES

En 2012 la Comisión de Justicia y Derechos Humanos del Congreso de la República, en compañía de diferentes instituciones del Estado, definieron como objetivo promover la búsqueda, identificación y restitución de los restos mortales de las personas desaparecidas a causa del conflicto entre 1980 y 2000. Se definió el concepto de persona desaparecida como individuo de paradero desconocido para sus familiares sin certeza legal.  Las coordinaciones de esta promoción y búsqueda se realizarán a través del Ministerio de Justicia y Derechos Humanos y deberá establecerse como una política de Estado de largo plazo, según el consenso de la reunión. Por ello se buscará formalizar una Ley de Desaparecidos y diseñar un Plan Nacional de Búsqueda de Personas Desaparecidas.

Lastimosamente, J.A. quien busca a su hijo hace  29 años, no confía todavía en estas medidas. Sin saber completamente si fueron sus antiguos camaradas los responsables de la desaparición, él no los busca.

Miguel G. Podestá Miguel G. Podestá

Periodista y escritor ayacuchano. Ha publicado su primer libro "En el corazón de la montaña, crónica de una inmersión en Ayacucho" (Lima 2013). Actualmente recoge testimonios de ayacuchanos exiliados en Europa.