Abajo el amor

Una nueva visión a propósito del encendido debate sobre el matrimonio gay y la unión civil.

Publicado el: 14/04/2015 18:04
Abajo el amor

Luego que el  Congreso de la República negara su aprobación a la denominada ley de Unión Civil promovida por el congresista Carlos Bruce y una serie de colectivos sociales, la plaza aún está caliente y no es para menos, el debate sobre esta norma ha traído a colación asuntos poco discutidos en nuestra sociedad e incluso ha impulsado públicas confesiones de diversos personajes mediáticos sobre su sexualidad.

En primer lugar, creo que toda ley que facilite la plena realización de las personas y el desarrollo de sus derechos es encomiable. En ese sentido soy partidario de una ley que otorgue facilidades patrimoniales a las parejas homosexuales, bajo mecanismos que se encontraban reservados solo para la institución matrimonial o regulados en la ley civil dentro de fórmulas un tanto engorrosas. Hago hincapié en los asuntos patrimoniales porque en la subjetividad de los afectos esta ley, como la regulación del Código Civil sobre el matrimonio, nada tiene que ver.

Y es que desde el inicio de su lucha, muchos partidarios de la Unión Civil buscaron en el sentimiento amoroso el justificante de la norma. Es más, el emblema que presidió las marchas en favor de la ley era un corazón con el símbolo matemático de la igualdad en su interior, lo que implicaba, como resultado de la ecuación, que el amor homosexual y el heterosexual son, en esencia, lo mismo y por lo tanto debían recibir por parte del Estado el mismo trato. En resumidas cuentas el felling como fundamento de una norma jurídica abstracta, algo, a mi humilde entender, totalmente equivocado.

El amor homosexual o heterosexual no se protegen ni se garantizan por ninguna ley. Y así debe ser. La ley no tiene por qué inmiscuirse en asuntos subjetivos, personales e íntimos. Es una conquista de la modernidad que el Estado se aleje cada vez más de la esfera de los afectos y sentimientos de las personas. El amor, por tanto, no puede ser el fundamento de ninguna ley. Eso es arbitrario y profundamente peligroso, pues bajo el mismo argumento mañana puede sustentarse la creación de una norma en base al amor a Dios y, con el paso del tiempo, tal como es moneda corriente en la actualidad, eliminar sin compasión a quienes se opongan a tan elevado sentir. El Estado inmiscuido en el amor finalmente lo ensombrece con su arbitrariedad, y puede convertirlo en esa caricatura insensible soñada por tantos regímenes totalitarios a la manera de 1984, la gran obra de George Orwell.

Más que en lo sentimental, esta norma debe fundamentarse en la satisfacción efectiva de las necesidades de las parejas homosexuales, superando, incluso, los defectos de la normativa propia de las parejas heterosexuales en matrimonio (lamentablemente copiada en el proyecto  de Bruce). El proyecto, por ejemplo, somete la disolución de la unión civil, ante la falta de acuerdo, a las normas procesales del divorcio matrimonial, cabría preguntarse aquí: ¿estarán dispuestas las parejas homosexuales a soportar durante años el vía crucis de un proceso judicial en el Perú? Mención aparte merece la anacrónica regulación de la denominada sociedad de gananciales, reclamada en el proyecto mencionado, pero cuestionada en la actualidad al ser un escollo para el libre tráfico de los bienes y una figura discriminatoria ya que de acuerdo con el profesor español Vicente Guilarte  “atendía a la compensación económica de una mujer dedicada a las labores del hogar e inhábil para la generación de los recursos patrimoniales que la familia precisaba”. ¿Saben realmente las parejas homosexuales económicamente exitosas, el riesgo que corren con este régimen que, por lo demás, viene siendo desincentivado en la reforma del Código Civil, impulsada desde el Congreso y que al parecer desconoce el congresista Bruce?

Pienso, por tanto, que esta es una lucha políticamente reivindicativa de un grupo social injustamente reprimido por largo tiempo y no una que busca conseguir beneficios reales y efectivos directos.  Es, sin duda, una respuesta a la otra orilla conformada por sectores homofóbicos y conservadores con amplio apoyo político que, para variar, han enarbolando  las banderas de la familia, los textos sagrados y la mojigatería en general, al interior de un debate que debe tener más de jurídico que de pasional. 

Personalmente creo, que sólo el compromiso afectivo internalizado y consecuente entre dos personas, es lo humanamente importante. Ni siquiera entre los heterosexuales el matrimonio civil eleva la calidad de quienes lo conforman. Pensemos en cuántas buenas familias se han creado solo con la convivencia. El matrimonio civil es la manifestación fría y gris de ese compromiso personal basado en el verdadero amor. No obstante ello, si los homosexuales desean una norma que regule sus relaciones, es el momento de pisar tierra y no dejarse llevar por la seducción de la consigna. 

Mario Solis Mario Solis

Abogado incomprendido e irónico profesor. Periodista alguna vez y escritor en sus sueños. Admirador de lo clásico, desde Sócrates hasta The Beatles. En política, incrédulo confeso, por lo que siempre he de opinar.