No hay corrupto bueno

La historia de la corrupción y el crimen en el Perú es frondosa. De Pepe el vivo, a la plata viene sola y luego: roba, pero hace obra. Vaya evolución.

Publicado el: 07/01/2017 13:01

La delincuencia, el crimen y la corrupción son problemas sociales, males que van a acompañar a la humanidad por siempre dado que la capacidad de hacer daño está en el potencial humano y solo una buena educación en el hogar, una instrucción pública consistente y la promoción de una cultura del trabajo y de respeto por el bien ajeno, por el bien de todos –en una sociedad sin excluidos, con elevada conciencia social y amor al prójimo, y sin impunidad–, pueden lograr menos delincuencia, menos crímenes y poquísima corrupción.
Desde el fundamento descrito, resulta inútil entonces creer que en el Perú se reducirán los asesinatos, la delincuencia y la corrupción solo aumentando el número de policías y de controles, mientras desde el propio Estado o desde algunas empresas privadas la asociación criminal se abre paso y se multiplica el latrocinio en el manejo de la cosa pública, se organiza y fortalece el tinglado de la impunidad, estimulando de manera transversal, en la sociedad, la proclividad al delito.
La historia de la corrupción y el crimen en el Perú es frondosa y, solo focalizándola entre la década de los años 50 del siglo pasado hasta la actualidad, podemos recordar que de la subcultura  de “Pepe el vivo” continuamos involucionando rápidamente hacia las subculturas tipo “la plata viene sola”, “nosotros matamos menos”, pasando luego a la descarada “roba pero hace obra”.
Frente a los casos de corrupción que se engloban en esos pisos subterráneos del delito, la ciudadanía ha visto luces y sombras en el actuar del Ministerio Público, cuyas puntuales cojeras son de verdadero escándalo, del Poder Judicial con procesos y fallos que representan una traición a la recta administración de justicia y un Congreso de la República cuyas “comisiones investigadoras” tienen asientos reservados para los que van a torpedear su labor con un objetivo preciso: que los principales responsables queden a salvo.
Sin embargo, el decir y sentir de la gente, confirma que los ciudadanos tienen debidamente identificados los rostros que se emparentan con esas subculturas y casos, ocupando el ex presidente Alan García Pérez un indiscutible primer lugar como el rostro más representativo de los impunes, dejando un poco atrás a los Fujimori no habidos y a varios cuerpos todavía a Jorge del Castillo, quien, no olvidemos, siempre actuó como su defensor desde cuando, en el año 2001, se dio el lujo de condicionar el retorno al país de su jefe y amigo.
Otros rostros clavados en la retina popular como personajes impunes son los de Luis Castañeda Lossio, actual alcalde de Lima, por el caso “Comunicore”, Alejandro Toledo Manrique por el delito de lavado de activos (la “casa es de mi suegra”), el ex presidente regional de Cajamarca Gregorio Santos Guerrero por los delitos de asociación ilícita para delinquir y, más recientemente, el ex asesor del anterior y del actual gobierno, en materia de salud, Carlos Moreno, quien pasándose de “vivo” se hizo reponer en el puesto de médico en el Hospital Loayza, de donde lo acaban de expulsar.
En ese contexto es que revienta el escándalo “Odebrecht Perú” o “Lava Jato”, que revela que la empresa brasileña que contrató con el Perú la realización de diversas obras públicas por 12,534 millones de dólares, durante los gobiernos de Alejandro Toledo, Alan García y Ollanta Humala, y también durante el gobierno municipal de Lima bajo la alcaldía de Susana Villarán, otorgó sobornos por más de 80 millones de dólares.
Así que no llama a sorpresa sino a alerta e indignación la rauda aparición del ex presidente Alan García para decir que él no tiene nada que ver con el caso y “¡que se den los nombres!”, previa oferta del congresista Mauricio Mulder de “poner las manos al fuego” por él, y las movidas de Jorge del Castillo para poner a buen recaudo a su ex compañero de carpeta en el colegio. 
Por calles, plazas y pasillos, lo que la gente advierte es que Alan García es el primero de los presuntos implicados en el caso “Odebrecht Perú” que ha puesto en marcha una estrategia de defensa de su presunta inocencia, cosa en la que muy pocos creen, y que, efectivamente, Alejandro Toledo, Ollanta Humala y muchos otros personajes ligados al mundo empresarial, al poder político y al poder mediático, cuyos nombres aun no son oficialmente conocidos, están dominados por el miedo y por las ganas de seguir los astutos pasos de García.
Si los ex presidentes no son directamente involucrados por Odebrecht –que es una posibilidad–, su previsible estrategia será decir que no sabían nada acerca de los actos ilegales –recibo de coimas–, por parte de los funcionarios de sus respectivos gobiernos que resulten señalados. Pero, quién puede dudar, por ejemplo, que Alan García sabía muy bien lo que hacían sus principales funcionarios. El caso de los indultos de narcotraficantes, demuestra que él siempre estuvo al tanto de todo, siendo la última instancia en decidir.
La ciudadana bien informada no cree en quienes se declaran de antemano inocentes, pero, a la vez, desarrollan una estrategia para evitar a toda costa ser juzgados. Por eso resulta una ingenuidad mayúscula creer que una “comisión investigadora” del Congreso de la República, integrada por un parlamentario que ya adelantó opinión sobre el tema y presidida por un fujimorista con antecedentes judiciales, pueda ofrecer al país un resultado prolijo y limpio, siendo evidente que el aporte vendrá de aquellos parlamentarios interesados en ir al fondo del caso con la convicción de que no hay corrupto bueno.
En ese marco, lo profundo, claro y justo que pueda resultar el proceso queda en manos de lo bien que actúe el Ministerio Público, que por algunos antecedentes positivos tiene más credibilidad ciudadana, y en la recta administración de justicia que imparta el tan cuestionado Poder Judicial, que ahora tiene como presidente al doctor Duberlí Rodríguez Tineo, un magistrado de trayectoria intachable cuya gestión puede hacer la diferencia.
Siendo así, la opinión de este columnista es que el Ministerio Público debería actuar de manera transparente e informar oportunamente al país, por ejemplo, sobre cuáles son los criterios para negociar con Odebrecht, que según las más recientes informaciones, pactó adelantar la devolución de 30 millones de dólares al país.
Teniendo en cuenta que, según lo declarado, el Perú fue su centro de operaciones también para pagar desde aquí sobornos a personajes de otros países de la región, las preguntas que se caen de maduras son: 1. ¿Prioriza la negociación penalizar el ocultamiento de algún nombre de los personajes comprometidos y que Odebrecht entregará todas las pruebas que los implican en cada caso? 2. ¿Cuánto es el monto justo de dinero que Odebrecht debe devolver al Perú por el daño producido por sus actos de corrupción? ¿Se procesará a Odebrecht por convertir al Perú en su centro de operaciones ilegales en la región?
Con el caso “Odebrecht Perú”, el país tiene una oportunidad excepcional para establecer un antes y un después de, en lo que se refiere al combate contra la corrupción y la pugna por establecer mejores niveles de dignidad en el ejercicio del poder y en el ejercicio empresarial y de la administración pública.
Y si el país está cansado de que cada vez que se presenta un caso grande de corrupción se repita el cuentazo del pez chico preso mientras, libres, los grandes tiburones ríen dándose vida la gran vida, esta vez el Ministerio Público y el Poder Judicial deben tomar en consideración toda la legislación vigente para ofrecer beneficios a los peces chicos que entreguen información veraz que conduzca a castigar ejemplarmente a los tiburones. 
En ese compromiso, el Poder Ejecutivo, cuyo presidente Pedro Pablo Kuzcynski ofreció modernizar el país y poner coto a la corrupción, le corresponde brindar el más amplio apoyo dentro de sus competencias sin dejarse envolver por los cantos de sirena disfrazados de “gente que sabe cómo desovillar el enredo”, que lo busca y lo presiona públicamente para que opte por la política de “no hacer más bolas” en el nombre de una presunta “tranquilidad del país”, o de quien, sotana de por medio, se presenta como un intermediario indiscutido cuando sabemos muy bien cómo y con quiénes está alineado.

Daniel Cumpa León Daniel Cumpa León

Empiezo aquí y deseo estar presente todas las semanas con temas afines y/o variados. Mi apuesta por la prensa alternativa vía Internet.