Pasos que dejan huella

Las vivencias y sensaciones de un novel profesor asignado a una pequeña y humilde escuela en la altura de los Andes peruanos.

Publicado el: 20/01/2016 15:01
Pasos que dejan huella

Era de noche y la luna estuvo esplendida cuando llegué a Pichiu, un recóndito pueblo enclavado en la sierra norte del Perú. El viento gélido rozó mi mejilla y la gente me saludó en quechua.

…El sol resplandeciente cubrió el valle, era un excelente día, clásico del mes de julio en los andes. Los trigales y las lomas doradas. Frígido en su plenitud el agua. Los estudiantes y profesores raudos ingresaban a la Institución Educativa para sus labores cotidianas.

¿Estás listo Godoy Scorza?, me alertaron. A lo que respondí: ¡Claro que sí!

El director encargado me presentó a los profesores que desde ese entonces serían mis colegas, y a los alumnos en general. Tuve miedo. Estuve tímido. Caminaba desubicado. No me acuerdo qué pensaba. Todo era nuevo para mí. Una nueva experiencia en mi vida. Y así fue…

Ya en el salón de clases, dialogué sobre valores con los alumnos y me escucharon atentos. Luego, uno que otro inició a familiarizarse conmigo, empezaron a relatarme sus vivencias, sus costumbres y el esfuerzo que hacían para poder estudiar. De muchos, su vivienda se localizaba a media, una o dos horas del centro escolar. Aquello, me dejó atónito.

Posteriormente, forjé amistad con los profesores: Johnny, John, Julio y Gerard (Director), con quienes llegué a compartir momentos inolvidables. Yogiro, un hombre serio, poco para la vida bohemia, claro, directo y honesto, se sumó al plantel a mediados del año escolar, fue con él que más frecuenté. También una mención honrosa para la profesora Elizabeth, quien se unió al generoso grupo de amistad y lo hizo bien.

Durante mi estadía, me la pasé leyendo libros, brindando el mejor conocimiento a los estudiantes. Rondaba en mi memoria las frases: “Aprendo enseñando”, “El éxito no es el éxito, es la voluntad” o “Yo escribo leyendo”. Y para no perder la costumbre con los colegas, habían tardes bohemias, aquellas en que discutíamos de temas relevantes de actualidad con conocimiento de causa. Confieso que éramos indispensables: recitábamos poemas, creábamos frases, formulábamos preguntas, hasta parodias inventábamos. ¡Qué locura! Tiempos aquellos que no volverán.

Y es que nada en la vida es eterno; todo pasa, todo sucede, esa es su ley. Como bien lo dice el poeta chotano, Teófilo Fustamante: “Las páginas del tiempo / se deshojan como si las tocara el viento. / Una tras otra, / se encaminan sin regreso, / se van como cuando uno despierta / y se acaban los sueños”.

Las vivencias compartidas quedan, y los recuerdos solo son recuerdos. “Queda la soledad, / se muere la noche. / Se esconde el sol, / yace el silencio”. Nos preguntábamos: ¿Qué será de nosotros cuando nos alejamos? La verdad que cada uno, a su manera, fraguará su destino. De todo lo que hicimos, los estudiantes sabrán juzgar, porque como bien lo dijo Friedrich Nietzsche: “El hombre es, ante todo, un animal que juzga”. Quizás nos volvamos a encontrar, y será diferente porque somos diferentes…

 

Miguel Nicodemos Miguel Nicodemos

24 años. Periodista. Escritor. “Cuando te amedrenta la soledad, no hay mejor elección que coger un libro y leer...”, Miguel Nicodemos.