Examen de Identidad

¿Qué debería recordar para saber quién soy? Una pregunta válida para todos . Sonaly Tuesta, la prestigiosa conductora del programa de televisión "Costumbres" intenta responderlo en su primera columna para Portal Peru.

Publicado el: 26/06/2015 13:06
Examen de Identidad

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¿Qué debería recordar para saber quién soy?

He escuchado a Isabel Álvarez y dice que no tenemos memoria, que somos memoria. Simplemente o mágicamente.

Para bien o para mal un Nazareno gigante se ha colado en mi retina y no quiere irse. Tiene el pelo largo, tan largo como su túnica morada (limpiecita, oliendo a jazmín).

Qué hará ahora pisando la hierba mojada y dejando que los cadillos se impregnen en sus medias y en el vestido afelpado que lleva. Doña Nelidita descubrirá el secreto, ese que mi abuela sabía y por eso lo apodaba el paseandero. 

Correspondería empezar por el Señor de Gualamita? Es probable, nuestros adentros evocan lo que se filtró en la mente de pasada, en la cotidianeidad, en el acto diario, en las imágenes esporádicas y frecuentes que se instalaron en el ambiente - ese que llamamos casa-  en la madrugada, a media mañana, de tarde o por la noche.

Mamá lo repetía siempre: “Ay mi Señor de Gualamita, ayúdame, hoy te necesito”. Un buen día escapó del tema puramente religioso y me dijo: “Si ves que su rostro se pone morado, de seguro está molesto. Algo no le gusta”. Nunca lo vi morado, así que asumí que mis prácticas habituales eran de su agrado.

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Cuando hablamos del Perú y el orgullo nos desborda, muchos peruanos saltan con una disertación exagerada sobre su plato favorito. La popularizada pregunta a un extraño será: “haz probado el cebiche” y ante la respuesta vendrá la explicación. Algunos le pondrán más ají, otros nombrarán el tipo de pescado, hay quienes insertarán los mariscos, otros le darán todo el crédito al limón, sazonarán con apio o perejil, lo acompañarán con camote o choclo, lo imaginarán con una cerveza al costado, y por allí habrá varios entusiastas que elijan un lugar especial donde han saboreado la monumental preparación.

En este examen de identidad voy a obviar el cebiche. Me encanta, pero mi identificación patriótica va por otro lado. Mi procedencia me conecta, al toque y sin dudas, a la sazón familiar, a las llapchas o uchos, a los menjunjes inventados que usan más los interiores que los exteriores. Así que es momento de escribir de vísceras, de mi adorada y emblemática costumbre. Mamá (cómo podría mantenerla al margen de mi herencia) ha sido sabia para conservar la receta y hacer de ella un eje de solemnidad y agradecimiento, de vínculo. Migramos de Amazonas a la capital  y en nuestras maletas llegó para quedarse.

La costumbre es el primer potaje que se prepara cuando alguien mata un chancho en la casa. No hemos podido respetar el ritual, aunque de hecho, mamá debe realizar un pedido especial para que su casera del mercado le consiga las vísceras que necesita. Cuando ésta le acepta la solicitud, pues marca fecha y hora para juntarnos y disfrutar del plato hecho de estas vísceras cocidas y picadas en cuadritos, mezcladas magistralmente,  con la papa y esas hierbas deliciosas como el perejil y la hierba buena.

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Traigo en mi quipe varias cosas. Mi libreta de notas y varios lapiceros. Si el elegido no aparece, siempre habrá un sustituto para inmolarse por la causa. No tengo orden o quizá el caos sea ese disciplinado lenguaje que me alimenta. Debo agradecer a váuchers y recibos por guardar el secreto o los secretos. Tengo títulos y frases que he ido coleccionando. Las truequeo o las vaporeo a cada rato, por lo general encuentran su ubicación en la línea siguiente o en la anterior del texto.

Episodio I: Extintos… (Rescatado de la libreta en espiral, pequeña, cuadriculada, del año 2014, mayo para ser exactos)

Resbaloso, así estaba el piso cuando él entró gritando su nombre y no paró hasta desmoronarla, dejarla sin pies ni mejillas, sin manos, sin corazón. Era la escultura que trajeron del otro lado del valle. Le habían dibujado un rictus parecido al de una virgen, pero no era tal (o quizá sí). Dicen que hacía milagros.

Oh bendita seas

De rubores y sonrisas

No me abandones

Has de esta sierva un sol

Que no pierda la luz…

A éste, alborotado siempre, la vida se le iba de las manos como el viento de las alturas que mueve el ichu y se va, sin ataduras, sin nostalgia. Pero igual, a éste no solo se le iba la vida, también la muerte. Ajustaba los maderos y retocaba las ceras repitiendo una vieja canción de su pueblo:

No me dejes Santo Toribio

Cuando los diablos pobres latiguean

Yo me escondo, no quiero verte

Qué me dices ahora

Toco tu frente si quieres

Te doy un beso

Bendito Seas

Bendito Seas

Que las ánimas se apiaden de mí al instante

Sálvame…

Y el Santo Toribio, solitario, no pudo salvarlo.

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He sido atrevida en muchos casos, pero el camino me ha regalo otras rutas. Otras imágenes. En mi examen de identidad saldrá que tengo obsesión por la diversidad. Que miro el paisaje y suelo escuchar cómo cuchichean los cerros, como la tierra responde. Es casi instintivo, a papá debo haberle heredado esa pasión por acumular saberes e insertarlos en el discurso para pequeños o grandes auditorios.

Es sorprendente ver a San Pedro transformarse en una momia y ubicar su lugar en la espalda del cargador de turno, el que está hiperbólicamente apurado. Es increíble seguir el destino de los claveles, la manzana y el membrillo, arrojados a la acequia varios kilómetros arriba por los pongos o sacerdotes andinos. Estos sabios o elegidos han realizado (al pie de la catarata)  el ancusho o pago,  y acto seguido,  han dejado a su suerte a estos insumos de la ofrenda (léase claveles, membrillo y manzana)  para que busquen sobrevivir dentro de la corriente de agua que ahora baja alborotada por el antiguo canal, al que protege cada funcionario (un juez de aguas y dos principales). Un funcionario se distingue por el poncho y la bandera, por el poncho y la callapa, pero también por la cushma o pañuelo anudado en su cabeza, cuyo adorno central es un collar de ajíes e higos. Ajíes por la bravura del líquido elemento, higos por la dulzura que traerá la fiesta cuando luego de la siembra y el riego, llegue la buena cosecha.

 

Sonaly Tuesta Sonaly Tuesta

Directora y conductora del prestigioso programa de televisión "Costumbres". Incansable cronista escrita y audiovisual. Ha retratado las tradiciones del Perú profundo con asombrosa precisión.