Mi abuela y el terremoto del 70

El terremoto de 1970 dejó marcas profundas en miles de familia. Pese al paso de los años, los recuerdos de esos momentos doloroso aún perduran.

Publicado el: 30/05/2015 22:05
Mi abuela y el terremoto del 70

Domingo 31 de mayo de 1970 a las 3 y 26 minutos de una tarde chimbotana, la tierra de un campo de fútbol se abre en medio del más infernal movimiento y  todo se derrumba, todo se oscurece, todo se llena de polvo, todo se queda en silencio, son segundos inexplicables paralizados mientras allá arriba, en el cielo quizás, se oye un tronar que nos vuelve a despertar.

No se qué pasó con los muchachos que jugaban su fulbito, todos desaparecieron y yo no supe qué hacer con la revista del super ratón que tenía en mis manos porque la dueña que me la alquilaba en el mercadito también desapareció. Mis 10 años eran insuficientes para entender lo que pasaba. Ni recordé que mi abuelita ya me esperaba hace rato para comer la mazamorra de maizena con leche que tanto me gustaba y sobre todo para rascar el fondo de la ollita cuando se le quemaba. Solo temblaba y no sabía qué hacer. No lloraba y no sé porqué. Ahora que lo escribo, recién se me quiebra el alma.

Era la campiña muy cerca al río Lacramarca, llamado el "kilómetro 2",  allá por la urbanización 21 de agosto en la parte este de la ciudad de Chimbote.Todos los domingos la pasaba allí junto a mi abuela y aprovechaba para ir al mercadito a leer mis revistas porque en la ciudad mi padre me las prohibía.

El terremoto y su nueve grados de potencia nos había castigado con tanta crueldad que ya no reconocía cuál de las casas de campo era la mía, todas se cayeron con muchas familias enteras adentro. Solo los perros corrían y aullaban por todos lados. La gente huía despavorida sin dirección alguna, desorientados y pidiendo ayuda. Algunos ya cargaban sus heridos o muertos, cómo saberlo. "El río se sale", gritaban otros. Por el lado del cerro San Pedro, con un pueblo joven en medio del arenal se había desatado la histeria porque creían que la tierra se los tragaría.

El callejón de mi abuela
No se porqué razón mi abuela siempre salía por el callejón, casi nunca por la puerta principal,y eso la salvó. El movimiento la sorprendió cuidando mi mazamorra- supongo-porque la encontramos en la puerta de la cocina  con todas las paredes y el techo que le cayeron encima. El travesaño, característico en la construcción de las puertas en provincia la tumbó primero, pero la dureza y el grosor de esas maderas la protegió de todos los escombros. La paredes del callejón construidos con adobes de 40 por 30 centímetros de ancho y casi 3 metros de altura se juntaron entre si.

Mis vecinos, cuyos apellidos ya no recuerdo, murieron todos sentados en la mesa almorzando. Así los encontraron y así los lloraramos para siempre. Ya no los vimos más cómo a las 80 mil víctimas que se llevó el terremoto aquel fatídico domingo de 1970.

Domingo de nueva ola
Eran tiempos de la nueva ola musical y se hablaba de un concierto de Los York's, los Doltons y otros grupos en nuestra famosa plazita de Acho chimbotano dónde cabían unas 2 mil personas y que además era lugar tradicional de todos los domingos dónde se presentaban,aún jovencitos, Pastorita Huaracina y el Jilguero del Huascarán. No se porqué, pero poco se supo de eso y todo quedó como parte de esa amnesia colectiva que de alguna manera ayuda a superar una tragedia.

Esos minutos del terremoto, sin embargo, ya se había llevado de encuentro a los pueblos cordilleranos de Yungay y Ranrahirca sepultados por un alud del tamaño de diez estadios nacionales y 30 millones de metros cúbicos de hielo, piedras y barro que se desprendieron del nevado del Huascarán.

Luego del terremoto las ciudades ancashinas, sobre todoy en particular Chimbote dónde vivíamos, no dejaban de temblar con réplicas cada 15 minutos. No había luz, ni agua y para comer solo los panes fríos que ahora se hacían exquisitos. Nunca olvidé cuando llegaron unos señores negros y altos con guayaberas blancas para repartir pollos congelados,aceite y agua en botellas.Eran médicos cubanos y nos ayudaron con medicinas.

Chimbote que siempre apestaba por sus actividades pesqueras, lentamente comenzaba a apestar a muerte por sus miles de víctimas aún bajo escombros y la tuvieron que fumigar desde el espacio con avionetas. Luego de esto nos convertimos en parte de esos migrantes a la capital porque el terremoto mató por varios años los negocios de la gente.

Enrique Vivar Enrique Vivar

Periodista proveniente de las canteras de la Universidad Mayor de San Marcos. Confeso hombre de izquierda y crítico implacable del status quo.