Saliendo de cana

La vida en la cárcel. Todo se compra todo se vende. Es un mundo sórdido donde impera la ley del más fuerte. Las autoridades solo miran a un costado, mientras meten dinero a sus bolsillos.

Publicado el: 01/08/2017 18:08
Saliendo de cana

El año pasado ocurrió una muerte muy extraña dentro del penal de la ciudad de Tumbes. Un custodio apostado en un torreón de vigilancia, hizo un disparo que cayó al cuerpo de un recluso que se hallaba en su pabellón, matándolo en el acto. Al interrogarlo, éste dijo que era normal hacer disparos de prevención por las noches para espantar a gente de mal vivir del lugar. Lo raro es que este disparo fue de arriba hacia abajo, sin duda no fue un tiro al aire, sino al cuerpo. 

Me impactó el suceso, pues, conocía a parte de la familia que administraban un restaurante de caballa y mariscos; preguntando aquí y allá, logré que un mototaxista me conectara con un interno que estaba por salir en libertad. Y así fue. La condición era cien soles para el contacto, doscientos para el interno más un almuerzo en el mejor restaurante de Tumbes, “El Brujo”. Esperamos que saliera desde las siete de la mañana. A las once y treinta, se hizo la luz. Luego de quince años, el amigo que llamaré Beto, pisaba la calle, cruzaba la pista, para luego ingresar a nuestro vehículo.
Nos dirigimos al “Brujo”. Beto, tiene 45 años, a los 28 cometió un asalto con dos muertos. Consideraba que su condena era justa pues hizo sufrir a los familiares de esas personas. . 
Quiero que me cuentes cómo es el penal, que cosas suceden, le digo, mientras se sirve un vaso de cerveza.


 - Te juro que una tarde a un interno se le cayó un poco de su menestra al piso del patio, alverjitas verdes, una champaza, cómo sería el sabor u olor que un hambriento perro que iba a paso ligero detrás de él, esperando algo mejor, le hizo un quiebre a la comida caída y enrumbó por otro lugar. La Paila, se le llama a la comida que nos llevan. Entenderá señor Juan que si el presupuesto es corto, queda aún más corto, luego de las respectivas mochadas. Porque no me van a decir que no roban en los presupuestos de la comida. Eso se sabe de siempre. 

Mira Juan -sigue hablando mientras reclama su ceviche-  todo tiene precio, todo encuentras, desde una chela, ron, todas las drogas que te puedas imaginar. Incluso por 500 soles la noche, te brindan un ambiente solapa, vigilado, te ponen hielo, limón, y si quieres hembritas normal nomás, cada chica te cuesta 400 soles. Sé que a la hembra le dan cien o doscientos soles más movilidad, las traen de Ecuador, muchas extranjeras muy bonitas, de primera; la diferencia queda para el señor alcaide que luego reparte. Obvio, pasa por las mujeres,,y no va a ser, dice mirando entusiasmado su plato de ceviche de pescado que no comía hace tanto tiempo. En la cana hay, todo hay, pero comer así, libre, con su chelita, sabiendo que de aquí me puedo ir a mi casa, no tiene nombre, es diferente, me cuenta, y pienso, ¿cómo será vivir en la prisión, lejos de tus seres queridos, de tus amigos?.

Mientras come con gran entusiasmo, pienso lo difícil que debe ser estar preso. No poder cruzar la calle. Todos tus días iguales, nada qué hacer.

Hacía un buen rato que se había despachado el ceviche y miraba casi preocupado al mozo que no le traía el sudado de mero que fue lo primero qué preguntó si tenían cuando llegamos. No para en agradecerme por el dinero y el almuerzo. No te preocupes, le respondo, solo quiero que me cuentes cómo es la vida adentro.

No pues jefe, me dice y levanta la mirada, inquisitoria, adentro no hay “vida” pues señor, se sufre, pagas tu factura, pagas tu cana. Yo cometí tres atracos, y el crimen que no quiero recordar. Lamentablemente murieron dos personas asaltadas, a uno le dio un infarto, le juro que no estaba en nuestros planes matar a nadie.

Y el segundo se resbaló producto que se alocó y arrancó a correr cuando de pronto se cae, cruzando la calle, aparece un bus y se lo llevó, pero nosotros no somos autores materiales, uno era bien cocho, se asustó tanto que se le paró el bobo, y el otro huevonazo en lugar de dejarse robar, entró en pánico y lo atropellaron, pues, afirma con naturalidad, como si esos dos no tuvieran familia, no fueran nadie y no importaran.

Continúa. Adentro todo se compra. Del saque, si quieres colchón o periódicos, tienes que pagar. Todos estos años he visto a tipos que entraron muy sobrados, con billete, se daban la gran vida, pero aquí solo los delegados o “taitas” salen con mucho dinero y tenga la seguridad que los del Inpe, con mayor razón. Ellos meten trago, cada botella de ron cuenta 150 soles, whisky, 250 a 300, drogas según el tipo y la cantidad. Pero ahora último veo como los “taitas” hacen dinero. Los Taitas” se encargan del manejo interno del penal, le facilitan la tarea a los empleados, que solo estiran la mano.

Señor, conozco a capos, de día son los malos, te cuadran, golpean, te sacan dinero, son unos miserables. Y de noche, ruegan por un macho y pagan por tener su trozo de carne bien guardado. Usted me entiende, señor.

Le digo que me quedó muy claro.

Cada requisa es repuesta luego por más dinero. Hasta donde sé, los empleados, supervisores, coordinadores, alcaide, hasta las secretarias, todos hacen dinero en las cárceles. Han perdido dignidad si alguna vez la tuvieron; nos roban, si saben que nuestra visita deja plata en cuanto se van pasan a revisarte y amenazarte con cambiarte de pabellón y tienes que “caerte” con un billete. Todo es podredumbre. Nadie se salva. Entran buenos, te apoyan, incluso algunas veces te compran tus medicinas o dulces, y luego se van mitificando y se vuelven piedra, pueden ver que las tripas se te salen, y no muestran ningún apuro o congoja.

Cada cambio de director es señal de nuevos arreglos, no importa si acabas de darle al anterior, dile a él pe huevón, te responden, o te alineas con el nuevo o empiezan las molestias. Y tienes que ver de dónde sacas. Sé que algunos malditos si ven que tu pareja es buen lote, te la piden, o pagas o te piden el trasero de tu gila, y qué vas a hacer, solo transmites, y si ves que el trato contigo, cambió, es señal que ya se la estuvieron. Mis compañeros de pabellón me han contado como es Lima, Trujillo, todo es igual, nada es gratis, si no tienes recursos, estás rejodido.

Le hablo del crimen y requinto porque me explica que desde su celda no se veía nada, estaba detrás, pero que escuchó decir que fue “un encargo” que se pagó un billete al custodio que hizo el disparo. Añadió que lo habían escogido por que era el mejor en tiro al blanco, un francotirador lorcho con buena puntería. El “precioso” muerto, se “fajaba” a la hembra de un tío con billete, y dicen, que fue quien ordenó su muerte.

Termina el sudado de mero y lo veo agotado. Le digo si en todo ese tiempo ha visto a un alcaide honesto, se ríe, y me siento idiota. Como cree señor Juan, pueden entrar con buenas intenciones, pero el sistema es tan corrupto que resulta imposible salir del mismo, qué va, según dicen, desde el Ministerio de Justicia, hasta el último empleado carcelario, todos chapan la suya y exigen, son bien caras duras.

Llega el momento de despedirnos, me dice si puede llevar un sudado más. Es para mí viejita señor, ella vive en Aguas Verdes, no sé nada de ella hace año y medio, porque mi hermana no la quiere traer y mi vieja tiene problemas para caminar, le he hecho mucho daño. Ella se envejeció conmigo, es lo que más me duele, por eso ahora mismo me voy a verla y darle la sorpresa de su vida, llega su hijo, sano, fuerte, cambiado, y con un rico sudado de merito, señor. Ella cree que aún salgo en tres años más.

Imagínese, meten congeladoras, rockolas, y no me van a decir que las mujeres las pasan en sus prendas íntimas jajaja,  claro que sí le respondo y en cuanto traen el sudado para su viejita, nos despedimos,

Lo veo alejarse. Me dijeron que antes de caer en cana era levantador de pesas, buen pelotero. El vicio y malas juntas le fregaron la vida, es verdad, también, que la cárcel te destroza moral y físicamente.

Al día siguiente me encuentro con quien me hizo el contacto, le agradezco y le cuento todo. Cuando llego a la parte en que se llevó un sudado de mero para su mamita, me dice, pero ¿cómo? su mamá murió hace un año, ¿nunca le dijeron? Pobre. No quiero imaginarlo con esta ingrata sorpresa, era muy apegado a su madre, me dijo casi llorando, esto le dolerá mucho. Quedo petrificado al enterarme que su madre murió y él no lo sabe. Me digo, sale luego de quince años y encuentra a su madre muerta, ruego que no entre en trompo y regrese al delito, empezando por el trago, drogas, robo y cárcel. Si es que no muere en el intento.

Juan Silva Vidaurre Juan Silva Vidaurre

Periodista. Hombre de radio y televisión. Aficionado a la gastronomía y experto cocinero.