Las mujeres y sus 8 mil palabras al día

Temas cotidianos. Las mujeres, comprobado científicamente, usan unas ocho mil quinientas palabras al día, ellas transmiten sentimientos y emociones; nosotros, cuando hablamos expresamos ideas y pensamientos.

Publicado el: 10/01/2017 17:01

La mujer, ese ser sublime que Dios creó para complementarnos (aunque a veces parezca castigo) son indispensables, no se puede vivir sin ellas, son como el aire, se las necesita, pero ocurre como en un vehículo a velocidad cuando entra mucho aire y te obliga a subir la ventanilla porque esa fuerza del aire, molesta. Suele pasar lo mismo en la vida real. Algunas con incontinencia verbal y un cerebro capacitado para mantener dos o tres conversaciones al mismo tiempo, contestar el celular, pensar en la hipoteca y gritarle a otra amiga que está a varios metros, es decir, nos ganan en esa resistencia y capacidad para hablar y escuchar a varias personas al mismo tiempo.

Las mujeres, comprobado científicamente, usan unas ocho mil quinientas palabras al día, ellas transmiten sentimientos y emociones; nosotros, cuando hablamos expresamos ideas y pensamientos, por lo tanto, con tres mil a tres quinientas palabras al día tenemos suficiente.

Pero qué pasa cuando tu mujer no ha tenido tiempo para comunicarse porque estuvo en el médico, de compras o lo que sea y solo usó cuatro mil palabras, pues, sonaste, cuando llegue a casa tendrás que escuchar las otras cuatro mil hasta agotar el stock.

Y tienes que oírlas porque estas son acumulativas, si no las escuchas en ese momento, al día siguiente serán ocho o doce mil palabras. Ellas no olvidan, archivan y cuando te miran lo que en verdad están haciendo es escanearte. Hay las que te huelen como sabuesos porque quieren encontrar algún olor que les permita empezar la joda del día.

Y qué sucede cuando nosotros, porque tuvimos muchas reuniones todo el día, excedemos nuestras tres mil palabras y llegamos al doble, simple, cuando regresemos a casa no nos sacarán una frase ni siquiera bajo amenaza de tortura. Y ahí empiezan los reproches, ya no me quieres, te espere todo el día para contarte mis cosas, eres malo…Somos diferentes, muy diferentes. Lo que es noticia para ella, no necesariamente lo es para el marido. Y les importa un carajo cómo llegues, estás obligado a escucharla. Pero cuando somos nosotros los que, quizá no consumimos nuestras tres mil, llegamos con ganas de charlar y te das con una frase que para en seco tus pretensiones… “No me digas nada amor, me duele la cabeza, apaga la luz que me hiere la vista…”.

Escuché a un curita hablando estos temas. Decía, por ejemplo, seis hombres viendo un partido de fútbol, se acaban las chelitas o el piqueo, simplemente se levanta uno de ellos, el que está más cerca de la cocina, corre sin dejar de ver la tele, da un brinco, saca las chelas, agarra unas bolsas de manís y sale cueteado preguntando qué pasó, como si hubiese transcurrido mucho tiempo, y no pasó nada, un amago de gol.

Ellas, frente a la pantalla del televisor viendo a Gisela, telenovela turca o, lo que sea, se acabaron los bocaditos, se levanta una a la cocina y la siguen tres más, (que manía de andar acompañas), con toda paciencia sacan las bebidas, la destapan, abren bolsas, colocan los snack en platitos, ponen servilletas y se dan tiempo para criticar al par de amigas que se quedaron en la sala viendo la tele y luego, previa orinada, retornan y qué creen…las que se quedaron no ven la tele, están enfrascadas en su propia conversación muy lejana a lo que veían.

Ni siquiera se han percatado que se quedaron solas por un rato; se paran sin dejar de hablar y qué creen adónde van…al baño y dentro de él concluyen con los últimos análisis de la conversación.

Una dice, por ejemplo, voy al baño e inmediatamente cual sensor urinario se levantan dos o tres que, curiosamente, también tienen la vejiga llena. Hasta en los conciertos, restaurantes y demás se observa esta práctica tan común. Como si el baño se fuera acabar o la oferta de “hagan tres pichis y pagas dos”.

Si a mí un amigo me dice acompáñame al baño, le clavo una mirada que nunca jamás volverá a decirme algo igual.

Hay diferencias, ahí estriba el encanto. El cerebro del hombre, por decirlo de alguna manera más gráfica, tiene cajitas, una cajita de sentimientos, otras de trabajo, otras de sus recuerdos, de sus proyectos; el cerebro de las mujeres tiene, digamos un montón de cables todos interconectados, como un plato de fideos, por ello pueden estar en todas y dar rienda suelta a su llamado sexto sentido y lorear sin pausa. La mujer puede estar en la intimidad, pero está pensando dónde está el hijo, qué tienen que pagar mañana, y todo en perfecta armonía. Pero los hombres tenemos una cajita que ellas no tienen, una cajita vacía, no hay nada, eso nos permite perfectamente estar haciendo… nada. Ellas no comprenden porque no tienen esa cajita.  Oye qué haces, pues, nada, incomprensible para las damas. 
Dios nos las cuide.

Juan Silva Vidaurre Juan Silva Vidaurre

Periodista. Hombre de radio y televisión. Aficionado a la gastronomía y experto cocinero.