Manuel Acosta Ojeda

Manuel Acosta Ojeda ha partido. ¿Cuál es la obra de este eximinio cantautor criollo? ¿Cómo fue su vida? ¿Cuál es su aporte al criollismo?

Publicado el: 20/05/2015 07:05
Manuel Acosta Ojeda

En junio del 2001, publiqué en un importante medio de circulación nacional, una extensa crónica sobre Manuel Acosta Ojeda. Al enterarme de que este eximio cantautor, partió esta mañana a otro espacio que desconocemos y al que habremos de llegar en cualquier momento, en ese viaje sin retorno, copio una parte de esa crónica, que trata del momento inicial de su carrera. Va como un homenaje al buen amigo que fue.

Fue Carlos Hayre quien descubrió, sin querer, la gran fibra criolla que Manuel Acosta Ojeda llevaba consigo y andaba por ahí desperdiciándose. Enterado Hayre de que Manuel escribía panfletos, le dijo una buena tarde hace ya más de medio siglo que dejara de escribir cojudeces y que más bien le hiciera el favor de escribirle algunas letras para que él les pusiera música. Por entonces el buen Manuel quería bailar guarachas, cantar boleros y deleitarse con los versos de Baudelaire y Rimbaud, mientras que Hayre, con apenas 15 años, era ya un virtuoso de la guitarra con algunos valsecitos musicalizados en su haber. Hayre andaba con los mayores, en tanto que Acosta Ojeda empezaba a entrarle al asunto. Ambos se hicieron yuntas y juntos empezaron a recorrer los bares y centros musicales de Surquillo. Con el tiempo recalaron en los Barrios Altos, el corazón de la vieja guardia criolla. Manuel no había terminado aún la secundaria. La verdad es que se quedó en cuarto año, sin pena ni gloria. Pero, eso sí, saturado de lecturas literarias a las que accedía tras participar en interminables tertulias literario-musicales, donde era frecuente encontrar a amigos entrañables como Julio Ramón Ribeyro o Paco Bendezú. Quien converse con Manuel, comprobará que es un hombre culto, muy bien informado y enjundioso hasta cuando rememora su infancia y se ve a sí mismo escuchando a Shubert, Chopin, Liszt, Tchaikovski y recordando que en Radio Nacional pasaban "tremendos radioteatros de Moliere y Camus". 
Manuel Acosta Ojeda, hombre macizo y prieto, ha caminado por los recodos de su vida disfrutando cada minuto. Ha bebido todo lo que ha podido. Ha escrito y compuesto más de un millar de canciones. Ha conversado a gritos en los suburbios más insospechados de Lima, París, Viena o en lo que alguna vez fue la Unión Soviética. Ahora el compositor está sentado en un desvencijado sillón, en su local de Saycope, dejando al descubierto sus maltratados zapatos que debieron ser negros en mejores épocas. No ha perdido el buen humor. Maestro del calambur , aprendido en humeantes noches de bohemia limeña, Manuel Acosta anuncia que dentro de unos días Saycope cumplirá cuarenta años de resistencia cultural. 
-¿Cómo fue que empezaste a componer? 
-Yo no creo en la inspiración. Nadie puede dar lo que no tiene. Yo, si bien no estudié mucho, en el Salesiano, donde pasé piola porque mis apellidos eran Acosta Ojeda, todo el día escuchaba a Vivaldi, Bach, Mozart, compositores doctos. Leíamos mucho a Horacio, Virgilio, Rubén Darío, pero no a Vallejo porque los curas le tenían miedo.

Sería en el colegio José María Eguren donde descubriría, años más tarde, su verdadera vocación, junto a Carlos Hayre, su amigo de travesías y de bares. Eran los años de las escapadas furtivas del colegio, pero también de sus lecturas de Vallejo, Valdelomar, García Lorca. Manuel está absorto ahora en sus pensamientos y afuera, en la solitaria calle en la que sobrevive Saycope, se van apostando las muchachas de los varios rostros que habrán de trabajar con prisa al caer la noche. Ellas ignoran, por supuesto, que aquí dentro está el compositor de Madre Cariño Un atardecer , entre otras piezas emblemáticas de la música criolla. 
-¿Y cómo llegó Madre? 
-Sería el año 51. Yo cantaba con el "Trío Surquillo". Cantábamos en serenatas, nos contrataban para los cumpleaños. Como sólo existía la vitola, los músicos teníamos más chamba. Cantábamos en el "Botellón" de González Prada, alternando con otros grupos. Una de esas madrugadas, a eso de las cinco, caímos por el "Silletazo", que era otro bar. Era sábado, víspera del Día de la Madre. Yo pensé en mi madre que me había dado todo. Sentí una tremenda pena y remordimiento. Entonces, en el reverso de la envoltura de una cajetilla de cigarrillos "Nacional", empecé a escribir la letra. Escribí como una especie de descargo de conciencia y seguía chupando y cantando. Cuando terminé ya eran las diez de la mañana. Llegué a mi casa a las once de la mañana, mi papá pensó que yo estaba enfermo porque nunca llegaba a casa el sábado a esa hora. Yo regresaba el lunes o martes de la semana siguiente. Mucho tiempo después le puse música, cuando yo era ya conocido. Mi canción era muy sincera, estaba pensando en mi madre. 
-¿Podrías recordarnos la letra? 
-Cómo no. "Madre, cuando recojas con tu frente mi beso/ todos los labios rojos que en mi boca pecaron/ huirán como sombras cuando se hace la luz/ Madre, esas arrugas se formaron pensando/ dónde estará mi hijo, por qué no llegará/ y por más que las bese, no las podré borrar/ Madre, tus manos tristes como aves moribundas/ déjame que las bese/ Tanto, tanto han rezado/ por mis locos errores y mis vanas pasiones/ Y por último, madre, deja que me arrodille/ y sobre tu regazo coloque mi cabeza/ y dime, hijo de mi alma, para llorar contigo".

(Foto: http://fogonlatinoamericano.blogspot.com)

Edwin Sarmiento Edwin Sarmiento

Periodista y profesor universitario. Ha dedicado las dos terceras partes de su existencia al periodismo político y a la asesoría de imagen. Fue convocado para asesorar a Ministros de Estado y líderes políticos, en distin