El último beso de la noche

Las primeras travesuras románticas de los jóvenes en un pueblo de los andes ayacuchanos.

Publicado el: 12/05/2015 00:05
El último beso de la noche

La ciudad de Puquio, que es la capital de la provincia de Lucanas, en el sur de Ayacucho, se apresta a celebrar su fiesta popular en conmemoración al Señor de la Ascensión. Es la más importante fiesta religiosa que tiene la población. La municipalidad provincial se encarga de preparar un programa muy vasto que incluye manifestaciones religiosas, tardes taurinas, festivales de música ayacuchana  y actividades culturales y de todo tipo con la población. Quienes viven en Puquio esperan la fecha para disfrutar de la fiesta, con campeonato de fútbol, incluido. Y quienes salieron por ene razones de la vida y ya viven en otros lugares, tienen el mejor pretexto para retornar al pueblo, abrazar a familiares y amigos y a volver a vivir, con el agregado de los recuerdos de otras épocas. Y que viva la fiesta.

Cuando éramos adolescentes, esperábamos la fiesta para cumplir nuestros sueños, entre otros, besar a la muchacha de nuestras altas ilusiones, así como de nuestras bajas pasiones. Y casi siempre, esos sueños se hacían realidad detrás de la Iglesia Matriz, en la plaza principal del pueblo. Son testigos mudos, las noches de luna, los silencios nocturnos, los arbustos que crecían en el punto exacto de los encuentros, o las ánimas benditas del purgatorio que recorrían las calles, cuando las luces de neón dejaban de alumbrar al pueblo, pasadas las once de la noche. Los muchachos recibíamos la fiesta de mayo, con la pasión contenida en el cuerpo y las miradas lujuriosas que habríamos de clavar en esas carnes virginales del amor deseado, contigo hasta la eternidad.

Y la ocasión exacta, llegaba la noche de procesión del Señor de la Ascensión. La imagen salía para recorrer las calles, en hombros de sus dolientes fieles, entre cánticos y sahumerios, inundando la ciudad de un aroma especial y místico, que, dicho sea de paso, me acompañaría siempre, metido en mi pituitaria, para no salir jamás. Los muchachos sabíamos que esta ocasión era tal vez la excepción de nuestras vidas y la libertad mayor de las niñas en edad provocadora, a quienes teníamos registradas, para arremeter con fuerza, coraje y buen humor. Las mamás solían ponerse, las noches de procesión, el velo en la cabeza para dirigirse a la Iglesia y acompañar al Señor, por las calles de la ciudad, alabado sea el Señor. Ellas dejaban a sus niñas en libertad, las horas que se tomaban para la procesión. Y sin saber que éstas flores del bien quedaban a merced de muchachos lujuriosos, sedientos de amor, pero más de pasión, te quiero, te lo juro, no me quieres, sí te quiero, si me quisieras me respetarías, ¿acaso le voy a decir a tu mamá?

Los arbustos y las hierbas que crecían detrás de la Iglesia se encargaban de cubrir las temerosas siluetas de parejas que entraban y salían a esa especie de huerto del mal, del pecado y el deshonor, con olor a gladiolos y a orín tierno y a tierra húmeda, mientras que el Señor de la Ascensión repartía bendiciones por los cuatro barrios de Puquio. Eran noches inolvidables para nosotros, inacabables, eternas, en las que preferíamos jurarnos amor del bueno, en nombre de Dios y para toda la vida, que acompañar a Cristo sangrante y con espinas, como sí lo hacían nuestras madres, nuestras tías y nuestras abuelas que rezaban, contritas, por nosotros, pecadores del alma y del cuerpo en flor. Después del juramento de amor, abandonábamos el lugar asustados y por separado, para esperar al Señor en la plaza principal del pueblo, mientras los relojes de las torres daban las doce de la noche.

--Pobre mi hijita, te habrás muerto de frío—dijo la madre de Susy

--¿Por qué te has demorado tanto?—le reprochó ella, poniendo su cara de puchero.

--Es que el padre se demoró mucho con sus plegarias—se justificó la madre, al momento de coger la mano de su niña. Susy, que era la chica más bonita del pueblo, volvió la cabeza y con su mirada, que la sentí aquí, en el corazón, me envió el último beso de la noche, alabado sea el Señor.

Edwin Sarmiento Edwin Sarmiento

Periodista y profesor universitario. Ha dedicado las dos terceras partes de su existencia al periodismo político y a la asesoría de imagen. Fue convocado para asesorar a Ministros de Estado y líderes políticos, en distin