Mañana será tuya

En Puquio, Ayacucho, las declaraciones de amor se hacían con serenatas. Algunos conquistaban el corazón de la mujer amada, pero otros sufrían tremendo chasco. Lea qué le pasó a un sufrido pretendiente.

Publicado el: 26/06/2015 12:06
 Mañana será tuya

En Puquio, Ayacucho, las serenatas eran pruebas de amor. Nadie que se preciara, podía estar al margen de esta experiencia. Diríase que ingresábamos a la mayoría de edad en cosas del amor, con, por lo menos, una serenata a cuestas. No había forma de pasar piola, si no le habías dicho a la prima que la amabas, con una canción. Y tenía que ser con arpa y violín. Las noches eran el escenario perfecto para esta cruzada. Te acompañaban los músicos y los amigos más cercanos, por lo general ya matreros en el oficio. Es decir, tus mayores. Pero todos aún en el colegio nacional Manuel Prado, te decían que la serenata te ayudaría a vencer tus miedos. Y así fue mi primera vez. Esa noche, como ninguna otra noche, el pueblo dormía calmadamente. Y las estrellas brotaron desde muy temprano. Con el tiempo supe que mis amigos me habían escondido lo esencial, que no me habían dicho toda la verdad. En fin, eran cosas del amor.

- Esto no falla, viejo-- habló mi maestro. Él no llegaba a los 15 años y ya tenía kilómetros de caminata con la serenata y en el amor. Todo un maestro.

Me prepararon cómo tenía que pararme, cómo enfrentarme a su mirada, cuando saliera al balcón de su casa. Me enseñaron las artes del oficio, pero no me dijeron la verdad. Los músicos tenían que estar detrás de mí, a prudente distancia. Mis amigos se tenían que poner debajo del balcón, pegados a la pared verde de la casa, para que ella no los viera, pero no me habían dicho la verdad. A los primeros acordes, eso que llamamos la entrada musical, tenías que carraspear, como para anunciar que serías tú y no otro quien le cante al amor. Ella tenía que saberlo clarito, desde el primero minuto de la partida.

- Esto no falla. Segurito que mañana te besa en el colegio-- remató Virolo, quien se ufanaba de tener el pene más grande en todo el colegio.

Y llegó la noche. La muy respetada noche, la más ansiada. Mi corazón latía, mis amigos me palmoteaban en los hombros, para darme aliento, decían ellos. Pero me estaban callando la verdad de la milanesa. Sabían cómo era ella, además de bonita. Era muy dulce, una verdadera palomita. Y conocían, más que yo, a su familia. Sobre todo a su madre, una venerable matrona del lugar, que no aguantaba pulgas y que detestaba las serenatas, que ella sabía que era para sus hijas, capullos en flor. Andico, Toto, Lototo y Virolo se apostaron debajo del balcón. Y conmigo y mis 13 años, se ubicaron Pedrito Llana, el arpista y su violinista Lurucha, frente al balcón. La casa dormía y las calles permanecían vacías, mientras la luz agónica del alumbrado, apenas reflejaba a trasluz nuestras siluetas enfundadas. En su dormitorio que daba al patio interior, Maribel, estaría a esa hora, terminando el último rezo de la noche. Y yo aquí, dispuesto a ganarme el corazón de ella, Maribel querida, Mari de mis amores.

--Empieza, viejito--  ordenó Andico

Y yo empecé. Canté "Negra del alma" y seguí con "Puquianita", para empalmar con "A los rayos de la luna", huaynos que no tenían pierde, como me habían dicho. El secreto estaba en que tú vieras que la puerta del balcón se entreabriera, primero, para luego abrirse de par en par, dejando el cuerpo de tu amada al descubierto, con una sonrisa en la cara. Entonces, te podías dar por satisfecho. Eras un triunfador. La noche era mía y yo seguía entregado con alma, vida y corazón, a conquistar el corazón de Maribel. Y ocurrió lo que tenía que ocurrir. Cuando ya iba por mi cuarta canción, vi que la puerta se movió y unos ojos se quedaron atisbando por dentro, en total silencio. Mi corazón de púber enamorado, se aceleró demasiado y mi voz se fue quebrando de puro emocionado que estaba. Cuando la puerta se abrió del todo, sólo alcancé a ver unos brazos de mujer madura que me aventaban orín que hasta lo sentí calientito. "Vagos, sinvergüenzas", alcancé a escuchar. Era, en realidad, mi tía, la mamá de Maribel.

- No queríamos decirte, para que no te desanimes. Esa vieja siempre usa el bacín con todos, no te preocupes—dijo Virolo, cubriéndome con su poncho. Mañana, la flaca será tuya.

 

 

Edwin Sarmiento Edwin Sarmiento

Periodista y profesor universitario. Ha dedicado las dos terceras partes de su existencia al periodismo político y a la asesoría de imagen. Fue convocado para asesorar a Ministros de Estado y líderes políticos, en distin